A partir del siglo II d.C.

Desde el siglo III d.C. en adelante, buena parte del Imperio conocerá un proceso de ruralización a consecuencia de la reestructuración del funcionamiento de la sociedad romana. Las ciudades que en otros tiempos habían sido el lugar desde donde se podía ascender en la jerarquía social, en este momento eran abandonadas por sus élites, las cuales preferían irse a vivir al campo en grandes villas residenciales. Detrás de estas élites fue también una parte importante del resto de pobladores de los grandes núcleos urbanos. Sin embargo, en Mallorca, Menorca y Eivissa, la mayoría de las ciudades no quedaron abandonadas; algunas no llegaron nunca a ser abandonadas, ya que continuaban desempeñando las importantes funciones inherentes a las ciudades puerto, funciones clave para las comunidades insulares.