EL siglo XVII

Ya cuando se había iniciado el reinado de Felipe II se dieron los primeros síntomas de un cambio substancial en las formas de gobierno. El rey juró los privilegios y franquezas del Reino con un recorte sustancial de la autonomía de las instituciones. Por otra parte, dos fenómenos ayudaron a que la corona acrecentara sus poderes en un camino seguro hacia el absolutismo: el peligro exterior que suponían los piratas y los corsarios y el interior representado por las banderías aristocráticas de Canamunt y Canavall así como los bandoleros a su servicio.

El peligro corsario, que en el caso de los asaltos a Menorca se había demostrado como real, provocó el caos y un pánico total en la corte. El propio Felipe II pensó en evacuar las islas ante la imposibilidad de defenderlas. Lógicamente desde las Baleares, pero también desde Valencia y Cataluña, se alzaron voces de protesta. Se debía demostrar el potencial defensivo del reino y así se hizo en diversas ocasiones.

Por ello, también se acudió a la fortificación de las Baleares. Diversos arquitectos se trasladaron a las diversas islas para planificar un sistema orgánico. Al final fue G. Palearo, llamado Fratin, el que se encargó de organizar todo un sistema homogéneo y común a toda la costa Mediterránea. Se levantaron nuevas fortificaciones en Palma, CIutadella, Eivissa, Alcúdia,… Pero también, en el caso de Mallorca se completó el sistema de torres de vigía que, desde la costa, permitía avisar a la capital de cualquier novedad en el mar.

Estas fortificaciones se habían de pagar paritariamente entre los diversos consejos insulares y la corona. En la práctica se convirtieron en el mecanismo de oscuros negocios y malversaciones. Para Mallorca, la crisis económica de todo el siglo se atribuía, entre otras causas, a la obra faraónica de la fortificación y por ello, las nuevas murallas de Palma se convirtieron en una obra eterna.

Por otra parte, las banderías del siglo XVI, los Torrellas y Puigdorfilas, se habían transformado ya a principios del siglo XVII en los Canamunt y Canavall. Estas banderías, perfectamente organizadas y relacionadas con las catalanas y valencianas, crearon un clima de violencia tal que un periodo de tres meses sin una muerte violenta fue considerado como excepcional.

Canamunt y Canavall iniciaron sus actuaciones hacia 1606 de manera abierta. Para poder llevar a cabo sus enfrentamientos crearon y mantuvieron cuadrillas de bandoleros que, incluso, cobraban un sueldo. Estos bandoleros ejercían el terror organizado y promovían venganzas de gran ferocidad.

Los diferentes virreyes del siglo XVII, en las instrucciones que recibían al principio de sus periodos, eran instruidos en los sistemas para proteger la isla de los peligros exteriores y como hacer frente a la violencia interior. Por ello, fueron tomando medidas extraordinarias que poco a poco se fueron haciendo ordinarias.

Estas medidas, fundamentadas en el peligro, lo que hicieron fue fortalecer el poder la corona y recortar la autonomía de las instituciones del Reino. Las pragmáticas de 1600 y 1614 aparentemente no modificaban el sistema constitucional pero de hecho dejaban sin poder efectivo a las diversas administraciones.
El punto de inflexión se dio con el valido Conde-Duque de Olivares. Este ministro de Felipe IV presentó al rey un proyecto secreto para fortalecer el poder de la corona que recortaba la independencia de los reinos de la Corona de Aragón, especialmente de Cataluña. Uno de sus apartados era la llamada Unión de Armas, un ejército estable y permanente que sería pagado por los diferentes reinos y que estaría a libre disposición de la monarquía. Para la Unión de Armas, el Reino de Mallorca tenía que aportar 2.000 soldados.

Como se sabe, la política del Conde-Duque de Olivares llegó a provocar diversas sublevaciones. Las más graves fueron las de Portugal (que terminaría proclamándose independiente) y Cataluña. La Guerra de Cataluña, iniciada con el famoso Corpus de Sang, afectó especialmente al Reino de Mallorca. Los grupos dirigentes, especialmente la iglesia y la aristocracia, se pusieron al lado de la Corona.

Desde las islas, especialmente desde Mallorca, se enviaron a la Guerra de Cataluña hombres, armas, alimentos y todo lo que se tenía que necesitar en la campaña. Pese a todos los males, esta guerra supuso que buena parte de los aristócratas de Canamunt y Canavall, que se mataban entre sí, pasaran a luchar en la guerra. Buena parte de los bandoleros que les servían, también pasaron a la península. De esta manera se sentaron las bases de la posterior pacificación que se consiguió en buena parte con la persecución de bandoleros de 1666.

Todo este clima, aparentemente debía impedir la transformación del paisaje rural y urbano. Pero de manera paradójica un siglo sometido a tantas tensiones en el plano político y social resultó de gran esplendor con el arte del barroco y la Contrarreforma.

La llegada de los jesuitas a Mallorca a finales del siglo XVI había supuesto un revulsivo en temas religiosos y culturales. Serán ellos los que impulsarán los primeros estadios de la Contrarreforma. Así, por ejemplo, la creación del monasterio de las Carmelitas Descalzas (Teresas) en Palma, provocará un nuevo modelo de templo que será imitado y trasladado a Menorca y Eivissa. Además, a lo largo de siglo XVII se iniciarán obras de remodelación o nuevas construcciones en la mayoría de los templos de las islas.

Por ello, se suele decir que la arquitectura de las islas pasa del gótico, concebido por muchos como estilo nacional, al barroco sin que prácticamente se note la influencia del renacimiento. Estos cambios se dieron también en la arquitectura civil.
En las ciudades se inició la construcción de nuevos palacios para sustituir a los viejos palacios góticos. Es el momento en que la aristocracia decide lucir externamente su posición y su poder. El caso de Can Formiguera, del Comte Mal, con su altiva torre que hubo de rebajar o su balconada corrida, sigue siendo el símbolo externo no sólo de una época, sino de una nueva clase social. Hay que recordar que fue en el siglo XVII cuando los reyes concedieron los primeros títulos de nobleza a aristócratas mallorquines: el marquesado de Bellpuig, el condado de Santa María de Formiguera y el condado de Ayamans.

Sin embargo, estas transformaciones se dieron también en el paisaje agrario. El siglo XVI había supuesto para Mallorca, la consolidación de la possessió tal como la entendemos hoy en día. Se trataba sistemas de producción agropecuario de una cierta complejidad. Pero, de manera paulatina, se habían ido substituyendo los esclavos agrarios por jornaleros cristianos, teóricamente libres, pero a los que se tendía a tratar como a los cautivos.

En el siglo XVII el sistema llegó a un alto grado de consolidación, especialmente cuando determinados aristócratas intentaron ejercer jurisdicción sobre villas reales. Es cuando aparecen los conflictos antiseñoriales en los que campesinos libres se enfrentaran a señores. El caso más famoso fue el de Santa Margalida contra los condes de Santa María de Formiguera, especialmente el Comte Mal, pero también se dieron en Lloseta y Artà.

De hecho, es en el siglo XVII cuando se creará la única villa a iniciativa señorial: a partir de la caballería de Sant Martí de Alanzell se creó Vilafranca. Esta nueva población era franca no en relación a sus señores, sino a la jurisdicción real.