La arquitectura romana

La historia de Roma se divide en 3 períodos: Monarquía (s. VIII-IV a.C.), República (s. III-I a.C.) e Imperio (27 a.C. – 476 d.C). La época de mayor esplendor de Roma es la imperial, concretamente del siglo I a.C. al II d.C. A partir del siglo III se iniciará una época de crisis que culminará en la caída del Imperio Romano de Occidente en poder de los visigodos.

Las manifestaciones arquitectónicas romanas de la época imperial reflejan la grandeza del emperador, la magnificencia de su gobierno, convirtiéndose en el perfecto exponente del arte al servicio del poder. Esto se traducirá en la monumentalidad de su arquitectura, que plasma perfectamente la ideología imperial.

La perfección y desarrollo de la arquitectura romana es la principal aportación de su civilización, de la que beberá la historia del arte posterior. Los romanos, a diferencia de los griegos, prestaron mucha atención al espacio interior (al igual que al exterior), el cual debía ser apto para el deambular del hombre. Esto se debe a una mentalidad racional y práctica cuyo funcionalismo se verá reflejado en toda manifestación arquitectónica y urbanística. Los arquitectos eran más ingenieros, ya que prevalecía el funcionalismo por encima de toda concepción estética (a diferencia de los arquitectos griegos que eran casi escultores). Sus elementos arquitectónicos como el arco, bóveda, cúpula, materiales y estructuras serán la base del arte occidental posterior. El poder imperial tendrá su símbolo en la arquitectura monumental que reflejará su grandeza, que romperá totalmente con la escala humana griega anterior.

El arte romano debe constituir un arte uniforme, que se impondrá en todas las provincias que conforman el Imperium, por funciones propagandísticas al servicio del Estado. Éste será el caso de Hispania y sus ciudades romanas como Pol·lèntia o Palma, donde se reflejarán sus concepciones urbanísticas, arquitectónicas y plásticas.