Museu Arqueològic d’Eivissa i Formentera

Situado en Dalt Vila, en la plaza de la Catedral, en el número 3.

Como hemos indicado, el recinto amurallado se halla en un estado de conservación que presenta múltiples variaciones y, seguramente, el tramo de época islámica mejor conservado y de más fácil acceso es el que se encuentra en el interior del Museu Arqueològic, situado frente a la Catedral. En el Museu Arqueològic puede contemplarse, también, parte de las colecciones de arqueología islámica del Museu d’Eivissa i Formentera. Proceden de la propia ciudad, del Puig des Molins, de la cueva de Santa Agnés de Portmany y de diversos asentamientos rurales.

El contenido de la actual exposición permanente del Museu Arqueològic abarca más de 3000 años de historia de las Pitiüses: desde los primeros pobladores hasta la conquista cristiana de 1235. Se encuentra dividido en seis áreas: prehistoria, colonización fenicia, época púnica, época romana del Alto Imperio, época romana del Bajo Imperio, antigüedad tardía y, finalmente, de la época medieval islámica, situada en las salas quinta y sexta.

Entre las piezas de época islámica que podemos observar, destacan una serie de vajillas del período califal (siglo X), de procedencia desconocida, y nueve recipientes de vidrio de época emiral-califal, que se cedieron al museo como procedentes de Es Puig des Molins.

En la cultura islámica la cerámica es una de las manifestaciones artísticas más importantes, la cual experimentó un desarrollo prodigioso a partir del siglo VIII (época emiral). La cerámica omeya continuó con la tradición de las técnicas bizantina y oriental e ideó pronto nuevas formas de ornamentación mediante el uso de la caligrafía. En el siglo IX se elabora en Bagdad un tipo de loza vidriada (que recibiría más tarde el nombre de mayólica o fayenza) y se revolucionan los procedimientos de la cerámica gracias al uso de pastas porosas y la doble cocción a una temperatura variable. Este es el contexto de aparición de la llamada “cerámica verde y manganeso” que se consigue mediante la aplicación de óxido de cobre para conseguir un verde azulado y óxido de manganeso, que da un color morado. Los motivos iconográficos de estas cerámicas son variados, desde imágenes de un naturalismo mágico, vivas y llenas de movimiento, como el ataifor (plato) de la gacela, el del caballo, o el de la liebre; o en posiciones hieráticas (rígidas), de una gran delicadeza y ternura, como la de la llamada dama de Sabra, en el Museo de Artes Islámicas de Raqqada.

Los principales motivos decorativos en el arte islámico son las inscripciones religiosas (dedicada a Alá y al Corán), la decoración vegetal y la zoomórfica (animales). Se dice que las artes plásticas y decorativas musulmanas no representan a la figura humana. Sin embargo, aunque este motivo no sea algo predominante, sí aparece en varios casos. Hallamos también las llamadas por los especialistas, inscripciones pseudoepigráficas, que consiste en decorar la superficie cerámica con letras árabes pero sin llegar a conformar palabras. No se puede separar el arte islámico de la religión, por lo cual todos estos motivos ornamentales presentan un simbolismo, a veces evidente y otras no. Los motivos zoomórficos más comunes son: la gacela, símbolo de la tímida presencia de Dios en los jardines del alma; el pavo real, símbolo de lo permanente, de lo inmortal e incorruptible, ave del paraíso que representa en la simbología islámica al príncipe; la liebre simboliza la vida y su fertilidad; el caballo, los peces, etc.

La cerámica musulmana, durante la época omeya y el primer siglo abbasí, dispuso tanto de las obras de tradición grecorromana, con decoración en relieve, como las de origen persa. Sin embargo, muy pronto los artesanos iraquíes realizaron las primeras modificaciones técnicas, ya que al imitar manufacturas chinas, aplicaron barnices (vidriado transparente) y esmaltes (vidriado opaco, que también puede colorearse) a los tiestos, de tal manera que, además de hacerlos impermeables, pudieron darles policromía con diversos óxidos metálicos; con estos expedientes, además de la producción de lujo, los musulmanes dispusieron de cerámica vistosa y barata, de producción local, en la que destacaban los colores verdes, negruzcos amoratados y melados, en diversas combinaciones de dibujos o letreros, animados con incisiones, relieves, estampillados, etc., que en Al-Andalus se expandió bajo el tipo llamado verde y manganeso.

En la cerámica de lujo, ya fuese utilitaria o de simple ostentación, fue decisiva la invención el reflejo dorado, gracias al empleo de óxido de plata (que daba reflejos nacarados), pero que se abandonó por su alto costo, o de cobre (de agresivos brillos rojizos) dados sobre la superficie ya vidriada de los tiestos; su intención primitiva consistía en sustituir las vajillas de oro que el Islam había proscrito. Esta técnica, empleada antes en la decoración de los vidrios, requería una segunda y aún una tercera cochura, por lo que el proceso resultaba bastante complejo, y por lo tanto caro. En Al-Andalus se popularizó a partir de Málaga en el siglo XIII, adquiriendo mucha fama en la Granada del XV.