Ets Antigors

Este majestuoso poblado talayótico se encuentra muy cerca del pueblo de Ses Salines, desde donde se puede llegar siguiendo los indicadores. Se encuentra mínimamente acondicionado para la visita pública, por lo cual ésta es fácil y cómoda. Debemos coger la calle que sale justo delante de la iglesia de Ses Salines. Esta calle da paso a una carretera que pronto termina, donde giraremos a la izquierda. Poco después acaba el asfalto, y unos cientos de metros más allá nos encontraremos con la espléndida talaya Joana al lado de la carretera, a nuestra izquierda.

La Talaia Joana es un talayot redondo muy bien conservado embutido en la muralla del poblado. Fue excavado por el mismo arqueólogo que Capocorb, Josep Colominas, a comienzo del siglo XX pero también se sabe muy poca cosa de los materiales encontrados, destacando una punta de lanza de bronce y un cuchillo de hierro. No obstante, el hallazgo de huesos humanos quemados dio origen a una polémica sobre si los talayots eran el lugar donde se quemaban los cadáveres de los talayóticos. Hoy esta discusión se ha dejado de lado porque se ha demostrado que dentro de un talayot es imposible hacer un fuego de la potencia adecuada como para quemar un cadáver. Tras éste, podremos observar la muralla del poblado con una puerta que conserva el dintel.

Para entrar dentro del poblado debemos volver a la carretera y hacerlo por el lugar indicado. El interior conserva un talayot redondo central en buen estado y restos de tres más, así como partes de otros edificios, entre los cuales se pueden discernir los fundamentos de un santuario que fue excavado por Colominas. Da la impresión de que el interior del poblado conserva los edificios monumentales pero carece de cabañas, que por el hecho de haber sido construidas con piedras pequeñas, los labradores, durante cientos de años, las han deshecho, agolpando las piedras encima de la muralla.

Es Bauç

El acceso a este poblado talayótico exige un ligero paseo de unos 30 minutos. Lo hemos incluido en este itinerario porque se encuentra en un lugar espectacular, tanto por los acantilados como por la soledad del lugar, alejado de cualquier espacio habitado.

Para acceder a este punto tenemos que dejar el coche en Cala s’Almonia (Santanyí) y bajar por unas escaleras que nos conducen a la playa. Desde ésta, tomamos un sendero que sube serpenteando por la ladera opuesta. Debemos seguir el camino que sale de este sendero, siguiendo más o menos la línea de la costa. Cogeremos un camino por la costa hacia el sur y aproximadamente a un kilómetro de distancia encontraremos una antigua caseta militar que se encuentra sobre el poblado.

Lo primero que nos encontraremos será un talayot cuadrado en buen estado de conservación, con la columna caída pero conservando la posición de sus piedras. Observaremos que la puerta de este talayot se abre hacia el horizonte infinito del mar. Precisamente fue este hecho uno de los que más importancia tuvieron para la definición del significado de la orientación de este tipo de talayot.

Un centenar de metros siguiendo las estructuras, llegamos a las murallas del poblado, que conserva tres de sus puertas con las losas de las cubiertas caídas. El hecho de que no haya habido poblaciones próximas ha permitido conservar en magnífico estado casi todas las estructuras, excepto las situadas más cerca de los acantilados.

En una esquina de la muralla y marcado por una higuera, nos encontraremos con un gran pozo que debía ser uno de los puntos más importantes del poblado. También está cerca de un talayot redondo con la puerta girada hacia el pozo.

Todavía no se ha hecho un estudio completo de este poblado. Sus misterios continúan escondidos.

La cultura talayótica

Hacia el año 1000 a.C. aparece en Mallorca y Menorca una cultura de fuerte personalidad cuyas realizaciones más espectaculares, los talayots y las taulas, no han dejado de asombrar desde la Antigüedad, y que hoy es conocida como cultura talayótica. Su dramático final se suele fijar en el siglo VI a.C. y aún hoy es objeto de fuertes discusiones.

Actualmente se piensa que el origen de la cultura talayótica se debe al propio desarrollo de la cultura anterior más que a una invasión de gentes guerreras que trajeran el diseño de torres defensivas desde tierras orientales. El crecimiento de la población al final del pretalayótico iba acumulando tensiones que estallaron en un breve período de tiempo, dando lugar a una nueva cultura y, por otra parte, los talayots siguen una técnica constructiva similar a la de los navetiformes.

Claro que también podemos dejarnos seducir por los mitos de los autores griegos y romanos para quienes los talayóticos vendrían de los griegos que regresando a su casa tras la guerra de Troya, que por cierto sucedió cuando se formaba la cultura talayótica, acabaron por asentarse en las islas.

No sabemos con exactitud cuál era el nombre que se daban a sí mismos los talayóticos, aunque quizás era el de baleáricos con el que fueron conocidos por los romanos. De todos modos, reservaremos este nombre para la fase siguiente, cuando sí que hay constancia documental de su uso. Menos aún sabemos de su lengua, salvo que era indoeuropea, aunque si pronunciamos algunos de los nombres de persona que han llegado hasta nosotros, como Aspri, Arguta o Vatro o de algunos de sus poblados, como Bochor, Tucis, Guium, podemos todavía devolver a la vida las voces de más de dos milenios atrás.

Los talayóticos vivían en poblados a menudo dominados por un talayot y con las cabañas dispuestas concéntricamente alrededor del mismo, de manera que la pared más exterior de cada casa formaba la muralla del asentamiento. El emplazamiento de los poblados refleja una cierta preocupación por la defensa, buscando escarpes del terreno o pequeñas elevaciones. También hay poblados con varios talayots, reflejo tal vez de los diferentes clanes que vivían en el mismo.

En Mallorca se conocen más de trescientos poblados talayóticos, separados entre sí apenas por 3 Km. lo que de nuevo nos indica que Mallorca estaba muy poblada y cada vez lo estaba más. En cálculo del número de habitantes, revisado con los últimos hallazgos, nos señala que hacia el año 1000 había, al menos, 20.000 habitantes en Mallorca y hacia el año 500 a.C. se había pasado a 40.000.

El talayot es el monumento más característico de esta cultura, pero conviene precisar que bajo esta denominación podemos encontrarnos con estructuras muy diferentes, aunque todas ellas de marcado carácter ritual y sólo, pese a su apariencia, secundariamente defensivo. El talayot no es, por tanto, una torre de defensa, sino un símbolo ritual de la colectividad.

Conviene separar los dos tipos principales de talayots: los turriformes (talayots circulares, cuadrados, escalonados) y los tumuliformes (túmulos escalonados y plataformas escalonadas). Cada tipo tuvo sus funciones específicas, que hoy sólo podemos intuir: los circulares, de los que se conocen unos 250, disponían de una cámara interior y parecen ser edificios de carácter social, con varias funciones: algunos de ellos están dentro de poblados, otros en centros ceremoniales y otros más aislados, orientando sus puertas a otros monumentos talayóticos, tejiendo de esa manera una red que controlaba ritualmente el territorio. Los talayots cuadrados, que son exclusivos de Mallorca, donde se han contado un centenar, acentúan su función ritual-religiosa por su situación siempre fuera de los poblados, muchas veces en medio de dos poblados, sus medidas constantes y su orientación astronómica. Los otros tipos mallorquines, macizos y escalonados, parecen tener funciones ritual-funerarias, teniendo los escalonados una rampa helicoidal por la que debía subir algún tipo de procesión. Un capítulo también numeroso lo forman las plataformas escalonadas que se encuentran en las montañas y que quizás servían para depositar los cadáveres esperando su descomposición.

Pero los talayots muchas veces no aparecen aislados, sino formando parte de centros ceremoniales donde encontramos talayots de todos los tipos, santuarios y otras estructuras. Algunos de estos centros ceremoniales son más grandes y monumentales que los propios poblados.

Los talayóticos eran básicamente ganaderos, quizá porque así podían explotar mejor el territorio, en su mayor parte difícil de arar sin ayuda de herramientas de hierro. No obstante, también cultivaban cereales, lo que unido a la caza, pesca y recolección, seguía proporcionándoles una dieta variada. Fabricaban sus recipientes cerámicos a mano, sin ayuda de torno, con formas simples y sin apenas decoración. También trabajaban el bronce, fabricando hachas, puntas, escoplos y adornos como grandes pectorales, diademas, espirales para recoger el pelo, etc. En menor medida utilizaban el plomo o, incluso, el hierro.

Con una esperanza de vida que de media, como todos los pueblos preindustriales, no pasaba de los 45 años, los talayóticos vivían obsesionados por la muerte. Se comenzaron a utilizar cuevas artificiales, al igual que en Mallorca, a las que se cerraba con un muro. Y es que, a pesar de la estabilidad que representan los talayots, la cultura talayótica, como todas, seguía su curso cambiando y adaptándose a las nuevas circunstancias externas e internas.

Los baleáricos

A mediados del primer milenio antes de nuestra era podemos observar en las culturas de Mallorca y Menorca cambios llamativos: dejan de construirse talayots, cambia el rito de enterramiento y, sobre todo, comienzan a recibir fuertes influencias de los pueblos vecinos, especialmente de la fenicia Ibiza. Además, es el momento en que las islas entran en la Historia escrita de manos de los historiadores griegos y, gracias a la presencia de mercenarios honderos, en las contiendas del Mediterráneo.

¿Cuál es la razón de estos cambios? Pues inicialmente podemos pensar que ha seguido creciendo la población, lo que demanda un aumento de la superficie a dedicar a la agricultura, lo que provoca que el viejo modelo de asentamiento, basado en la ganadería y representado por los talayots, ya no sea válido y entre en colapso. Cuando la tierra se dedica a la agricultura surgen otras formas de propiedad y de control social, con jefes más poderosos rodeados de personajes con funciones diferenciadas como guerreros, sacerdotes, artesanos, etc. Estos cambios se acelerarán desde el siglo IV a.C., momento en que las influencias externas se hacen decisivas, provocando que la sociedad deba rediseñarse para poder relacionarse con los comerciantes fenicios: de ser una economía autárquica se ha de pasar a producir un excedente con el que se pueda comprar el vino de Ibiza y los objetos de lujo de procedencia griega que no pueden faltar en el grupo dirigente.

A pesar de estos cambios, los baleáricos siguen viviendo en los mismos poblados, que amplían su superficie y se cierran con impresionantes muros de cuatro metros de grosor, desde luego más resistentes que lo que las hondas podían derribar. También aparecen los primeros recintos defensivos en altura, destinados específicamente a la defensa. Los talayots dejan de construirse, pero siguen presentes en poblados y centros ceremoniales, que se siguen utilizando, aunque no sabemos exactamente para qué. También es el momento de construcción de los santuarios en Mallorca.

La vivienda de los baleáricos pasa a ser un edificio cuadrangular, de menor tamaño que la de los talayóticos, con techo de arcilla y cañas. En su interior, un hogar, un lugar para depositar vasijas y, a veces, una cisterna. También aparecen almacenes o cuadras adosadas. En esta época se tienen los primeros testimonios de la utilización de caballos.

Las producciones artesanales baleáricas reflejan esa evolución social y esas creencias, destacando sobre todo por las figuras de bronce, de las que las cabezas de toro de Costitx son sus piezas más emblemáticas, aunque hay quien piensa que son piezas importadas; quizás sea mejor pensar en influencias exteriores, pero reinterpretadas por los baleáricos. Junto a estas cabezas de toro, nos muestran también la habilidad de los metalúrgicos las figuras de guerreros amenazantes, posibles divinidades protectoras, seguidas de piezas de menor tamaño que representan, sobre todo, toros y aves. También fueron buenos artesanos del plomo, destacándose los magníficos “pectorales” o placas con círculos y líneas. Muchas de estas producciones iban destinadas a los santuarios, otras a los enterramientos y, las que menos, al adorno personal o a funciones prácticas.

Conocemos algunos pequeños talleres, dedicados a la metalurgia del hierro, molienda o tejidos, pero dentro de una gran simplicidad, con técnicas muy poco evolucionadas.

También nos han llegado sus recipientes cerámicos, que se hacen de menor calidad, quizás porque la demanda había aumentado. Sin embargo, las formas y las decoraciones se hacen más variadas, siempre dentro de una línea de austeridad. Curiosamente, siguieron hasta el final sin utilizar el torno, realizando las vasijas a mano.

Desde el año 406 a.C., los baleáricos aparecen como mercenarios, primero de los cartagineses y más tarde de los romanos, en las luchas que sucedieron por la hegemonía del Mediterráneo Occidental. En ellas participaron como honderos dentro de las tropas ligeras, con la misión de desbaratar las líneas enemigas antes de que se produjera el cuerpo a cuerpo. A veces los textos nos hablan de un millar de baleáricos en combate. Posteriormente, como mercenarios de los romanos, los baleáricos aparecen en la lucha del César contra los belgas el año 57 a.C. Este es el último año en que tenemos referencias de los honderos.

La fama de los baleáricos como honderos era proverbial. Se decía de ellos que las madres no daban de comer pan a los hijos hasta que, colgando de un árbol, lo acertaban con la honda. En combate llevaban 3 hondas, una para cada distancia, dispuestas, una en torno a la cabeza, otra en la mano y otra en torno al cuerpo. Podían así alcanzar los 150 metros. El armamento del baleárico se completaba con un escudo de piel de cabra y un venablo de madera endurecida o, en ocasiones, con punta de hierro.

Estos mercenarios, al regresar a su isla, eran un importante medio de aculturación. Acostumbrados a otro estilo de vida y aficionados al vino, que por entonces era importado de Ibiza, que era una gran ciudad en la órbita de Cartago, Italia y después de Cataluña, debieron transformar las costumbres locales. De ello se encargaba también algún establecimiento comercial como el que los fenicios abrieron en el islote de Na Guardis, en la Colonia de Sant Jordi. Incluso se trajeron algunas monedas, aunque en Mallorca no se utilizaban, rigiéndose los intercambios por las reglas del trueque. El naufragio de un barco como el de El Sec (Calvià) nos muestra que las Baleares eran consideradas, en cualquier caso, un mercado de segunda fila, puesto que los principales productos que transportaba, vino griego de buena calidad, cerámicas finas áticas, calderos de bronce, molinos de técnica depurada, no iban destinados a Baleares, ya que apenas sí se encuentran en los yacimientos de las islas.

El mundo funerario de los baleáricos es variado, aunque dominado por los enterramientos en cuevas artificiales o naturales, a veces formando verdaderas necrópolis. A los cadáveres en ocasiones se les cubría de cal, lo que permitía depositarlos directamente en las cuevas sin descomposición, de manera que se podía ir dando salida al mayor número de funerales provocados por el aumento de población. También ahora a algunos finados se les enterraba con un rico ajuar de figuras de bronce y hierro, campanitas y otros artilugios para hacer ruidos, amuletos, además de collares, anillos y algunas armas.

Además de esta manera común de enterrar, en algunos lugares se realizaron auténticas ciudades de los muertos, como en Son Real (Santa Margalida), con mausoleos que imitaban a talayots y santuarios. Se ha llegado a decir que era el cementerio de los príncipes de Mallorca, pero seguramente no era más que el de un poblado vecino, un tanto heterodoxo a la hora de enterrar a sus muertos. En otros lugares, como cerca del Port de Pollença, también se emplearon originales ritos, como el de depositar a los cadáveres en una profunda sima metidos en ataúdes en forma de toro.

Cada vez más integrados en las relaciones mediterráneas, los baleáricos intentaron mantener su independencia pactando con los imperios que les cercaban y ofreciéndoles sus servicios, pero su situación a medio camino entre las penínsulas italiana e ibérica y su propia dedicación a la piratería como forma parasitaria de obtener bienes valiosos y esclavos, acabaron por atraer sobre ellos la atención de la emergente potencia romana, que en una rápida campaña y cuando ya hacía casi un siglo que había desembarcado en la costa catalana, ocupó las islas y puso fin a su independencia política el año 123 a.C. En algunos poblados y yacimientos se puede observar el corte que supuso esta conquista, ya que, en ocasiones, fueron abandonados y algunos objetos valiosos, como figuras de bronce, escondidos. En otros, sin embargo, la vida continuó, aunque ya bajo ocupación romana.

Es Clossos de Can Gaià

Para ir a este poblado pretalayótico desde el punto anterior debemos coger la carretera en dirección a Santanyí para seguir posteriormente dirección S’Alqueria Blanca, Calonge y S’Horta. Es en este último punto donde debemos prestar más atención ya que debemos seguir hacia Portocolom por la misma carretera. A unos 2,5 kilometros veremos a la derecha un desvío que se dirige a Portocolom y a Cala Marçal, giramos por éste y seguimos unos 2 kilómetros. Justo antes de entrar en la urbanización, debemos prestar atención a la izquierda hasta observar las estructuras de este yacimiento, que se divisan con claridad desde la carretera.

Clossos de Can GaiaEl poblado está actualmente en curso de excavación y como es el único de esta época pretalayótica que hoy se está estudiando, sus resultados son esperados con mucho interés por los investigadores. Este poblado nos ha llegado sorteando todo tipo de agresiones: el año 1965 se destruyó parcialmente el yacimiento al construir la carretera y años después volvieron los destrozos por construcción de chalés y redes de aguas.

A pesar de todo ello, todavía podemos contar nueve construcciones naviformes, de las cuales por el momento se ha excavado sólo una. Se trata de una gran cabaña alargada, de una longitud de 16 metros por 6 de ancho. Sus muros tienen entre 2 y 3 metros de grueso, pese a que de altura tan sólo conservan un metro y medio. En la fachada se encontró un enlosado y en el interior otro que ocupa tan sólo una parte. También en el interior había cuatro pilares que tal vez soportaran un altillo. Cerca de la puerta todavía se puede ver una piedra central que servía como área de trabajo doméstico: cortar, raspar… y a su pie había un mortero. Delante de la naveta se localizaron trece agujeros de palo haciendo un semicírculo que debían de servir para aguantar un porche o unos biombos. Todo abandonado hace 3000 años. Finalmente, toda la cabaña iría cubierta con ramas y arcilla, como las cabañas de roter. Ésta era la casa de una familia extensa, dedicada a la ganadería, autosuficiente de casi todo: ellos mismos fundían el metal, que era la técnica más compleja del momento, como se ha podido comprobar en otros yacimientos similares al encontrarse moldes. Más cerca de la carretera se ha excavado una estructura comunal, de función todavía poco clara. Entre el relleno se puede ver una piedra como las que se utilizan de prensa para hacer queso o aceite.

Hospitalet Vell

Para llegar a este punto desde Es Clossos de Ca’n Gaià, volveremos hasta el cruce de la carretera por la que hemos venido y al llegar al citado cruce, giramos a la derecha en dirección Porto Cristo. Seguimos sin dejar esta carretera durante unos 8,3 kilómetros y estaremos atentos ya que a la derecha aparecerá un desvío en el que se indica el yacimiento. Seguimos por este desvío aproximadamente un kilómetro y a la derecha veremos una entrada con un panel informativo y unas barreras que dan acceso al yacimiento.

Primero encontraremos un gran muro, parecido a una muralla, hecho con piedras muy bien encajadas, recordando el estilo de los edificios incas. Se trata de una enigmática construcción ya excavada y que algunos consideran una construcción militar cartaginesa. En su interior se pueden ver habitaciones y un patio, pero estas particiones son posteriores al primer uso del edificio. Esta construcción fue abandonada en la época de la conquista romana de la isla.

Si continuamos hacia el interior del yacimiento, pronto nos encontraremos un airoso y singular talayot cuadrado. Se trata de uno de los pocos talayots de este tipo que está situado en el interior o en los alrededores de un poblado, y también de uno de los más pequeños. Por el contrario es uno de los mejor conservados, manteniendo todavía algunas losas de cubierta sostenidas por una típica columna talayótica, de diámetro creciente de abajo hacia arriba.

Otra particularidad de este talayot es que carece de la puerta a nivel del suelo. A pesar que fue excavado en los años 80 del pasado siglo, no se pudo aclarar su función. Adosado a éste se pueden ver varias habitaciones y más allá restos informes de otras estructuras y talayots, esperando, como tantas otras, un estudio sistemático.

Al volver hacia el coche podemos visitar los restos de unos naviformes que se conservan a 20 metros de las ruinas talayóticas, en la parte norte. A pesar de que hoy casi levantan un palmo del suelo, las excavaciones que se realizaron ofrecieron interesantes fechas y objetos, como el molde para fabricar un puñal.

Sa Gruta

Para llegar a este yacimiento iremos hacia Porto Cristo atravesando la población y dirigiéndonos a S’Illot. Desde el cruce de la carretera de Portocristo-Cala Millor con la de cala Morlanda, este túmulo es perfectamente visible.

Se trata de un gran túmulo que alcanza los 13 metros de alto por más de 40 de diámetro. En su punto más alto quedan los restos de una construcción cuadrangular, por lo que la imagen original de este monumento se debía parecer a una pirámide maya. Hay que relacionarlo con el poblado de S’Illot, del que a continuación hablaremos. Seguramente era un límite territorial de éste, enmascarado con funciones religiosas y tal vez funerarias. De hecho, en sus alrededores existe una cueva de enterramiento pretalayótica.

S’Illot

Llegar a este poblado es muy fácil porque se encuentra dentro del casco urbano de S’Illot. Para llegar a éste desde Sa Gruta seguiremos por la misma carretera unos 1,2 kilómetros y llegaremos a una rotonda. Debemos tomar la primera salida de ésta en dirección S’Illot y seguir sin abandonarla durante 1,5 kilómetros. Hayaremos este poblado casi a orillas del mar y rodeado de hoteles.

Nos llamará la atención el tamaño ciclópeo de las piedras de la muralla de más de 2 metros de altura y 4 ó 5 toneladas de peso. Uno de los hechos más llamativos de este poblado es que la muralla no subleva todo el poblado, sino casi la mitad. Esto ha dado pie a diferentes hipótesis para explicarlo, entre las cuales se citan que el poblado fue abandonado antes de terminarlo o que, directamente, fue diseñado de este modo, ahorrándose unos metros aprovechando las paredes exteriores de grandes habitaciones. Una vez en su interior nos dirigiremos hacia la gran torre central, sin duda el epicentro del poblado, pero del que tampoco sabemos gran cosa, a pesar de haber sido excavado en los años sesenta por una universidad alemana. Cuando miramos hacia el fondo de esta torre podemos ver los restos de una construcción anterior, seguramente pretalayótica, que fue aprovechada para levantar la torre talayótica. Adosadas a la torre podemos ver varias habitaciones en forma de riñón, que, éstas sí sabemos que eran donde vivían los talayóticos. Cada cabaña tenía varías habitaciones y un hogar, y cuando se hizo la excavación, se recogieron muchos restos cerámicos, morteros de piedra y otros enseres cotidianos. También nos debemos fijar en un pozo que se abre en el interior de la habitación que está situada más al norte, que es la boca de una amplia cueva que se extiende por debajo de la torre central y que tiene un pequeño lago de agua dulce. Seguramente fue el motivo de que los talayóticos eligieran este lugar para levantar el poblado. Finalmente, descendiendo de la torre central podemos observar dos santuarios con su característica planta cuadrada con un ábside.

Curiosamente, la dirección de sus fachadas se encuentra mirando una a la salida del sol en el solsticio de verano y otra a la puesta del sol en el solsticio de invierno. Y en cada una de las dos direcciones, a un par de kilómetros se encuentra un túmulo: Sa Gruta hacia el sur, y Punta de n’Amer hacia el norte. Tras su ocupación talayótica el poblado se abandonó y, pese a algún hallazgo bizantino, permaneció de este modo hasta el presente.

Introducción

Este recorrido abarcará un destacado conjunto de yacimientos arqueológicos situados en la zona Nordeste de la isla de Mallorca que ilustrarán la cultura talayótica y baleárica. Los restos más antiguos que encontraremos en esta área se remontan al 1700 a.C (Dolmen de s’Aigua Dolça).

Visitaremos diversos poblados talayóticos como el de s’Heretat, Ses Païses, que es uno de los más grandes de Mallorca, o Es Figueral de Son Real que es el único poblado excavado donde se puede apreciar la transición de la cultura pretalayótica a la talayótica; varios talayots de diversidad de formas: cuadrados y circulares como en Sa Canova; varias tipologías de tumbas con formas cuadradas, circulares y naviformes como en el caso del Cementeri des Fenicis de Son Real, que constituye la necrópolis de mayores dimensiones de Mallorca; el Dolmen de s’Aigua Dolça que es considerado como uno de los dos monumentos más antiguos de la isla (junto a Son Bauló), etc.

Son Real. Cementeri dels Fenicis

Cada poblado talayótico tenía una gran cueva de enterramiento para sus notables, excepto el poblado de son Real, situado bajo las casas del mismo nombre, en Santa Margalida, recientemente adquiridas por el Gobierno Balear. Este poblado disponía de un cementerio único: el hoy denominado “Cementeri des Fenicis”. En lugar de esconderse en cuevas, quisieron mostrar a los visitantes y vecinos sus mausoleos que imitaban, en pequeño, los talayots cuadrados y redondos que habían sido la señal identificativa de su comunidad. Esta originalidad ha hecho pensar a algunos arqueólogos que se trataba de un cementerio de príncipes de toda la isla.

Para ir a este yacimiento hay que partir del torrente de Son Bauló, en el extremo oriental de Can Picafort y andar por la costa hacia el este, cerca de media hora. También se puede llegar desde las casas de Son Real. El paseo, por una playa virgen en el primer caso, y por un pinar, en el segundo, no cansará a nadie; no tiene tampoco ningún riesgo de pérdida. Casi 80 tumbas nos sorprenderán y originalmente todavía había más, hasta que el mar las destruyó, según se puede ver en las marcas que han dejado en las rocas cerca del mar.

Hay varios tipos: las más grandes son las más antiguas, las que imitan talayots cuadrados y redondos. Otras imitan santuarios o navetas y por esto se los suele denominar “micro-navetas”.

En las paredes de muchas tumbas hay pequeñas ventanas. No se sabe cuál era su función, pero podían ser entradas de luz o de ofrendas depositadas de tanto en tanto. Llama la atención que las orientaciones de las tumbas y las ventanas sean constantes, en un eje sureste-noroeste, o bien, en menor medida, a la perpendicular.

La necrópolis fue excavada en los años cincuenta del pasado siglo y, más recientemente, en los noventa, y los resultados dados a conocer en monografías muy esmeradas. Así conocemos que la necrópolis empezó sobre el siglo VI a.C. y estuvo en uso hasta la conquista romana. También sabemos que los enterrados, al comienzo, eran más hombres que mujeres, con tendencia a equilibrar la proporción a lo largo de los siglos y que la esperanza de vida media no superaba los 34 años. En una de las tumbas, conocida como la tumba del guerrero, se encontró el cadáver de un hombre con un can y como ajuar una espada, un pasador para él y vasijas, pero en la mayoría de tumbas había muchos enterrados, revueltos con un ajuar de joyas y armas, de bronce y hierro.

También se encontraron dos cráneos trepanados, o sea, perforados en vivo, uno de ellos con 4 orificios. A pesar de hacer estas perforaciones con un taladro de piedra, hay constancia de que, en ocasiones, sobrevivían a la operación.

Si vuestra visita a Son Real se hace en verano, podéis intentar acercaros al vecino islote des Porros, que es la continuación de la necrópolis. Aquí encontraréis tres cuartos circulares parcialmente excavados en la roca que también sirvieron para enterramientos colectivos (230 personas de ambos sexos) al final de la cultura baleárica. Anteriores a estas cámaras, también se encontraron restos de algunas sepulturas del segundo milenio a.C., lo que prueba que el lugar fue, desde la más temprana ocupación humana, un lugar funerario.

Volviendo a tierra firme, todavía podemos visitar dos cuevas artificiales que se encuentran en los alrededores.

En cambio, hoy ya no se puede ver el santuario de la Punta des Patró, tapado de arena, inmediato al Illot des Porros, y excavado recientemente para evitar su completa destrucción por el mar y el vandalismo. En cualquier caso, todo junto constituye una auténtica ciudad protohistórica de los muertos.

Son Real. Es Figueral

Este yacimiento se encuentra al lado norte de la carretera Can Picafort a Artà, en el Km. 17,7 pero el acceso se puede hacer desde las casas de Son Real, ahora ya de titularidad pública. Se trata de un original poblado de cabañas similares a las naviformes, pero más irregulares y agrupadas, unas contra otras, cubriendo un pequeño cerro. Por estas características, los tipos de vasijas y unos datos de radiocarbono que se hicieron durante sus excavaciones para el Museo de Mallorca, se considera un poblado de transición entre el pretalayótico y el talayótico. De hecho es el único poblado excavado donde se puede seguir este cambio. Original también es un naviforme excavado en la roca que se encuentra en la parte baja, con un banco a lo largo de las paredes.

Este poblado está muy cerca de un poblado de naviformes (que apenas es visible por estar muy arrasado) y cerca también del poblado talayótico y baleárico que se encuentra bajo las casas de la posesión, por lo que es el mejor conjunto para observar cómo fue cambiando el lugar de habitación de nuestros antepasados.

En época musulmana el cerro fue ocupado por una familia que dejó restos de sus cerámicas y de su alimentación.

Son Serra de Marina

Incluimos este talayot, conocido popularmente como la Cova de sa Nineta, por su fácil acceso y visibilidad junto a la carretera Can Picafort a Artà, justo a la entrada de la urbanización de Son Serra de Marina. Se trata de un típico talayot cuadrado perteneciente al poblado que hay en las casas de Son Marí y que debía de marcar el límite de su territorio, ya que está junto a un torrente. Al observar su extraña puerta, debemos tener en cuenta que sufrió una restauración no hace muchos años.

Nos fijaremos en que su portal se abre al sudeste y que tiene el horizonte despejado y también que sus costados miden casi 11 metros, características ambas típicas de los talayots cuadrados. La explicación de la orientación es objeto de debate, pero no hay duda de que sigue algún tipo de norma astronómica.

En la parte norte de este talayot se extiende un amplio conjunto de restos de monumentos, razón por la que algunos piensan que se trataba de un poblado, pero parece clara su dependencia, como lugar ritual, del poblado de Son Marí, que está rodeado de otros talayots como el que ahora visitamos.

Sa Canova

Para llegar a este yacimiento debemos dejar el coche a la altura del Km 1 de la carretera que baja hacia la Colonia de Sant Pere desde la carretera de Can Picafort-Artà. Hay un “botador”, escalera hecha con ramas para saltar por encima de la verja, y al lado izquierdo nos encontraremos un talayot cuadrado aislado. Es uno de los monumentos que forman parte del centro ceremonial del poblado que después visitaremos y del que también forman parte un túmulo y otro talayot circular sitos al lado derecho (este) de la carretera.

Si dejamos a la izquierda el talayot cuadrado y nos alejamos de la carretera 500 metros, encontraremos los restos del poblado, del que sobresale el gran talayot redondo. Pero para disfrutar de su majestuosidad deberemos observarlo desde el otro lado, de poniente, o, dicho de otra manera, desde fuera del poblado, que es como debía de impresionar a sus vecinos, puesto que se trata de uno de los talayots más grandes de Mallorca. Hace falta subir a este talayot para darse cuenta de sus dimensiones, del grueso de sus muros o de la medida de su columna central; alguna de sus piedras llega a pesar hasta 10 toneladas, cosa que nos permite especular sobre cómo hacían los talayóticos para moverlas.

A partir de este talayot podremos seguir la muralla del poblado, conservada a tramos y muy enmascarada por la vegetación. De este modo nos daremos cuenta que este poblado era pequeño y, pese a esto, sus talayots eran verdaderamente colosales. Este poblado todavía disponía de más talayots en sus alrededores, además de los que indicaban los límites con los vecinos: cerca de las casas de Sa Canova, unos 500 metros al sur del poblado hay un gran centro ceremonial con un talayot redondo y un túmulo, y justo en la entrada de esta posesión, la carretera ha cortado otro túmulo.

Dolmen de s’Aigua Dolça

Para ir a s’Aigua Dolça debemos dejar el coche en la punta de Ca los Camps (Colònia de Sant Pere) y seguir el camino de la costa hacia Betlem unos 200 metros, hasta el Caló des Marés. En seguida nos encontramos con un cercado en el que se encuentra el dolmen.

Aunque sea un monumento que apenas se alza unos 20 cm del suelo, el dolmen de s’Aigua Dolça es visita obligada para los interesados en la prehistoria mallorquina porque, juntamente a su vecino de Son Bauló (situado en una rotonda del polígono industrial del mismo nombre, en Can Picafort) son los monumentos más antiguos de Mallorca, con aproximadamente 3.700 años de antigüedad.

Las losas que ahora quedan son una sombra de lo que fue este monumento: un túmulo de piedras y tierra que contenía en su interior una caja de piedra donde se depositaban los muertos y a la que se accedía por un pequeño pasillo también hecho de losas. Hoy se puede ver el anillo de piedras que delimitaban el túmulo y la parte baja de la cámara y el pasillo. Observamos que a la cámara se accedía por una losa con un agujero central, un detalle típico de la arquitectura megalítica que se encuentra por toda Europa Occidental.

En el interior del dolmen se encontraron 8 cráneos, 6 de los cuales estaban apartados en un rincón. También se encontraron otros huesos, pero no esqueletos enteros, por lo que se cree que los cadáveres se traían de una sentina. También se encontraron herramientas sencillas, botones de hueso y objetos metálicos, como un cuchillo de cobre y agujas.

A un kilómetro del dolmen se encuentra un poblado de naviformes que, posiblemente, era el lugar donde vivían sus constructores.

Ses Païsses

El poblado talayótico de ses Païsses se encuentra en la salida de Artà a Capdepera. Sin dejar el pueblo, en una rotonda, ya nos encontraremos un cartel indicador a la derecha. Siguiendo menos de un kilómetro por esta carretera local, llegaremos al recinto, que se encuentra abierto al público de noviembre a marzo de 9 a 13 horas y de 14 a 17 horas, de lunes a viernes (sábados, domingos y fiestas, cerrado) y de abril a octubre de 10 a 13 horas y de 14,30 a 18,30 horas, de lunes a sábado (incluidos los días festivos).

Sin duda, lo primero que nos llamará la atención de este yacimiento es el bosque en el que se encuentra. La combinación de encinas y piedras milenarias nos evocará un mundo perdido y misterioso, al que podremos acceder a través de una puerta trilítica que es el símbolo más conocido de la prehistoria mallorquina.

Mientras atravesamos esta puerta, debemos fijarnos en el grosor de la muralla, que alcanza los 4 metros. Demasiado gruesa para las ondas, espadas y lanzas de bronce y hierro que tenían los baleáricos y que, por tanto, debe poder explicarse más por razones de mostrar la fortaleza y poder del poblado a los forasteros.

Una vez traspasada la muralla nos encontraremos con las excavaciones realizadas los últimos años. Podremos ver las escaleras monumentales que subían a las murallas, una a cada lado de la puerta. También podremos ver los restos de un gran edificio talayótico, anterior a la muralla que en el siglo XIV de nuestra era sufrió un gran bocado por obra de un horno de cal. A este edificio, y a la muralla, se adosan algunos muros de habitaciones de época baleárica, distinguibles porque se hicieron con los restos de edificios anteriores, con piedras de diferentes tamaños.

Después nos encaminaremos hacia el núcleo central del poblado, subiendo al talayot central. Este talayot tiene un trazo peculiar: un corredor lo atraviesa de parte a parte, conectando con una gran sala de la cual todavía se pueden ver las columnas que sostenían el tejado, pero con una altura que obliga a hacerlo en cuclillas. Como en otros casos, observando sus adentros nos preguntaremos sobre su significado: no cabe duda que este talayot era una marca visible en kilómetros a la redonda, pero su función concreta se nos escapa; quizás un almacén de carne o un lugar de ceremonias…

El talayot central está rodeado por cabañas, en forma de riñón las más próximas, y rectangulares las más alejadas, como si hubiera habido una evolución de las construcciones domésticas, porque de hecho, las rectangulares son más modernas, de forma que el poblado fue creciendo a partir del núcleo central como las capas de una cebolla. Las excavaciones recientes han dejado al descubierto diversas construcciones que se van superponiendo unas encima de otras. La superior y, por tanto, más moderna, era el santuario de época baleárica, donde, al final, enterraron a algún personaje importante, con todo su armamento.

Si descendemos del talayot hacia la parte de atrás del poblado nos encontraremos unas grandes habitaciones hechas con piedras ciclópeas, de factura similar a una próxima a la puerta principal. Todavía no sabemos cuál era su función: para algunos podrían ser las viviendas de los jefes, mientras que para otros podrían ser viviendas comunales. Por esta zona, y siguiendo los indicadores, llegaremos a la puerta que hemos utilizado para entrar al poblado. Esta puerta está cerrada por un muro moderno, pero conserva, caídas, las losas de cubierta.

El poblado de Ses Païsses es uno de los más grandes de Mallorca, con algo más de una hectárea. También es uno de los mejor conservados, dado que desde su abandono definitivo, a mediados del siglo I d.C. no fue reocupado, excepto ocasionalmente: junto a la puerta central se localizó una cabaña árabe y también alguna actividad de carboneros y como horno de cal, ya en época catalana. En realidad la vida del poblado se cortó bruscamente con la conquista romana en el 123 a.C., pero un pequeño núcleo pervivió hasta que los romanos fundaron un nuevo asentamiento en la actual villa de Artà, bajo el monte de Sant Salvador, donde, por cierto, también se puede ver una muralla talayótica utilizada como fundamento de la muralla medieval. Ses Païsses cayó, finalmente, en el olvido, pero hoy en día es uno de los yacimientos fundamentales para comprender el modo de vida de los talayóticos y baleáricos.

S’Heretat

Para llegar a este poblado talayótico debemos tomar la carretera que va de Capdepera hacia Son Servera. Encontraremos un desvío que sale hacia las cuevas de Artá, que pasa al lado de un campo de golf. En el Km. 7 debemos tomar el último camino a la izquierda antes de la entrada al club de golf. Dejamos el vehículo en una explanada al lado de la possessió Son Cabila. Continuaremos por un camino, dejando la casa a nuestra derecha. Poco después nos encontramos un portal que debemos atravesar y un sendero nos lleva hasta el poblado.

Primeramente nos encontramos con el talayot conocido como “Es Claper des Gegants”, que forma parte de la muralla del poblado, de 300 metros de longitud y con tres puertas. La superficie de ruinas se extiende en casi 5000 metros cuadrados, destacando un “cuarto cubierto” o subterráneo con techo sostenido por columnas y, sobre todo, el talayot citado, que conserva cuatro metros de altura y un corredor que, en lugar de salir al exterior, como es normal, comunica con otra habitación.

En la parte baja del poblado se pueden ver varios sitjots o depósitos excavados en la roca, que podían servir para almacenar grano o agua. Este poblado no ha sido objeto de ninguna campaña de excavaciones.