Formentera: Sant Francesc Xavier y Nostra Senyora del Pilar

Formentera ha tenido una historia difícil, a causa de las invasiones piratas estuvo prácticamente deshabitada durante los siglos XVI y XVIII. Hasta el año 1738, año en que se inauguró la iglesia de Sant Francesc Xavier de Formentera, la Capella de sa Tanca Vella fue la iglesia de los pocos habitantes de Formentera. Una vez en Sant Francesc, merece la pena la visita hasta la antigua capilla de siglo XIV porque pocos edificios llegan a convertirse en testigos tan calificados del pasado. Al contemplarla, se pone de manifiesto cuál era la población de la isla poco más de un siglo después de la conquista catalana. Sus reducidas dimensiones y la ausencia absoluta de cualquier elemento que no sea absolutamente imprescindible no dejan duda alguna que eran muy pocos, muy humildes y fieles cristianos dispuestos a celebrar su ritual por adversas que fuesen las circunstancias.

Dos hechos fueron claves en la problemática poblacional de la isla de Formentera, por un lado la inseguridad motivada por la piratería norteafricana y, por otro, las terribles epidemias de peste. En el año 1353 el rey Pere el Cerimoniós en una carta se refiere al despoblamiento de la isla y expresa su deseo para que vuelva a ser habitada. En el año 1369 informa que la isla vuelve a estar poblada y se concede permiso para edificar una capilla cerca de la cueva de San Valero y bajo la advocación de este santo. De todos modos, el total despoblamiento se hizo inevitable y obligó a la repoblación de la isla a finales del siglo XVII por parte del ibicenco Marc Ferrer.

A partir del establecimiento de los nuevos habitantes la Capella de Sa Tanca Vella fue insuficiente, por lo que se tuvo que construir la de Sant Francesc Xavier. En 1726 empiezan las obras de esta nueva iglesia que presenta un aspecto absolutamente fortificado para poder servir de refugio a los habitantes de la isla en caso de peligro. La Iglesia fue el único lugar de refugio hasta que en el año 1749 se edificó la torre de defensa de sa Guardiola en s’Espalmador y contó con cañones que acabaron siendo destinados a otras dos nuevas torres de defensa construidas hacia 1762.

La construcción de la iglesia se adjudicó a Batista Garcia pero en 1727 el maestro de obras de Denia instalado en Eivissa, Pere Ferro, por encargo del vicario general, realizó una serie de modificaciones tales como alargar la nave, construir tribunas, capillas, el coro y casa para el rector. Curiosamente, mientras estaba con esta obra tuvo que acometer la reparación del convento de los dominicos en Dalt Vila pues un relámpago cayó en el polvorín del baluarte de Sant Llúcia en el año 1730 (conocido en Eivissa como s’any des tro) y causó importantes daños.

La iglesia de Sant Francesc sigue el modelo de nave única, con cubierta de bóveda de cañón. Presenta exteriormente un doble perfil, a causa de que la casa parroquial fue construida encima mismo de las naves. La campana mayor, que presenta la leyenda “Ihs Nasareno i San Mig(u)el 1805”, procede de una embarcación.

La pila bautismal es una interesante pieza de origen desconocido que ha dado lugar a diferentes hipótesis entre las que se encuentra la posibilidad de que proceda del monasterio que una comunidad de monjes agustinos tuvo en La Mola en el siglo XIII. Se trata de un capitel con unos rostros y bucráneos esculpidos, con una decoración esquemática.

Hay que retomar la misma carretera que desde el puerto de La Savina conduce a Sant Francesc para llegar a La Mola, donde se encuentra la iglesia de Nuestra Senyora del Pilar. Los orígenes de este templo hay de buscarlos en las dificultades que la población instalada en este lugar tenía para acudir a las misas en la Iglesia de Sant Francesc por lo que hicieron saber al arzobispo visitador Juan Lario en el año 1771 la conveniencia de construir en la zona un nuevo templo.

El capitán de la milicia de Formentera Marià Tur “Damià” cedió el solar para la construcción de la iglesia. A su llegada a Eivissa el obispo Abad y Lasierra ya la encontró construida y probablemente los orígenes aragoneses del obispo determinaron la advocación a la Virgen del Pilar.

A lo largo del siglo XX la iglesia fue objeto de diversas reformas que modificaron considerablemente su aspecto original.