Introducción

Para los menorquines el siglo XVIII es una época singular. Menorca, y en concreto el puerto de Maó, se convierten en un enclave estratégico codiciado por las principales potencias europeas de la época: Gran Bretaña, Francia y España. Los británicos necesitaban la isla para controlar el Mediterráneo occidental; España y Francia, regidas ambas por monarcas de la casa de Borbón, pugnaban por impedírselo.

Los ingleses desembarcaron en Menorca en septiembre de 1708 como aliados de Carlos de Austria durante la Guerra de Sucesión. Como compensación, el tratado de Utrecht (1713) les cedió la soberanía sobre la isla, juntamente con Gibraltar. El dominio británico se prolonga formalmente hasta 1783, cuando el tratado de Versalles entrega Menorca a Carlos III de España. En el ínterin, se produce la ocupación militar francesa durante la guerra de los Siete Años (1756-1763) y la conquista española de 1781-82. Pero todavía los ingleses volverían a ocupar la isla durante casi cuatro años, entre 1798-1802. El tratado de Amiens (1802) supuso la salida definitiva de los británicos, quienes tenían ya un nuevo enclave estratégico en el Mediterráneo: Malta.

Durante casi un siglo los menorquines tuvieron que convivir con británicos, franceses y españoles. La relación no siempre sería cordial, pero dejó una huella indeleble en la memoria colectiva de los isleños. Pero no sólo en la memoria: Menorca conserva todavía muchos vestigios de una época en que la isla fue uno de los más importantes enclaves geoestratégicos de Europa.