La Corona de Mallorca

La muerte de Jaime I en el año 1276 acarreó un cambio de orden político importante: la formación de la Corona de Mallorca. La voluntad, en gran parte arbitraria, del rey quiso que una parte de sus dominios (las Baleares, el Rosellón y Montpellier) fuese desgajada del resto (la Corona de Aragón) y se constituyese como una corona propia. Su primer monarca fue Jaime II (1276-1311), cuyo reinado tiene dos etapas muy marcadas, separadas por un período transitorio de ocupación catalano-aragonesa de las islas (1285-1298).

La primera etapa (1276-1285) se caracteriza por el alto grado de tensión entre las coronas de Mallorca y Aragón, fruto de la voluntad del monarca de esta última (Pedro el Grande, hermano de Jaime II) por mantener un cierto control sobre la corona mallorquina y la oposición de Jaime II a sus deseos. Ello culminó con el apoyo que prestó Jaime II al rey de Francia cuando en 1285 invadió Cataluña, lo cual comportó la ocupación por parte de la Corona de Aragón de Mallorca e Ibiza como represalia. Menorca, que todavía estaba en poder musulmán, fue también conquistada dos años después, en 1287.

Finalmente, Jaime II pudo recuperar el archipiélago, con el añadido de Menorca, en 1298, tras llegar a un acuerdo con su homónimo (y sobrino) Jaime II de la Corona Catalano-aragonesa. En esta su segunda fase de gobierno, el rey de Mallorca llevó a cabo una serie de medidas de gobierno importantes: estimuló la industria manufacturera y textil, reguló el orden de prelación de los diferentes corpus jurídicos en vigor en la isla (privilegios y franquezas, Usatges de Cataluña y derecho civil romano, por este orden), adquirió dominios señoriales, etc. Con todo, sus creaciones más conocidas son las que se refieren a las «Ordinacions» de 1300 y a las obras de carácter arquitectónico.

Las Ordinacions fueron una iniciativa encaminada a crear, en algún caso, o consolidar, en la mayor parte, una serie de núcleos de población en la parte foránea, fundamentalmente en los dominios reales del interior de la isla, que eran los más extensos pero los de menor población. Se trataba de regular el crecimiento futuro de estos pueblos, con la finalidad de atraer nuevos pobladores. Los núcleos afectados más importantes fueron: Manacor, Felanitx, Santanyí, Campos, Llucmajor, Montuïri, Sant Joan, Petra y Huialfàs (Sa Pobla). Otros no se sabe si son fruto de su aplicación o si se llegaron a fundar.

En cuanto a la cuestión arquitectónica, cabe mencionar la remodelación integral de la Almudaina, la construcción de las casas-palacio de Valldemossa, Sineu y Manacor, la edificación de nueva planta del castillo de Bellver y el inicio del recinto amurallado de Alcudia y del castillo de Capdepera.

Como puede observarse, esta segunda etapa, en comparación con la primera, es mucho más tranquila. Ello favoreció sobre todo la expansión mercantil a través del Mediterráneo, circunstancia que caracteriza el reinado del segundo de los reyes de Mallorca, Sancho I (1311-1324). A partir de este momento y durante las décadas siguientes las embarcaciones mallorquinas cruzan todo el Mediterráneo y llegan hasta Flandes e Inglaterra.

Por lo que respecta a la política interior, Sancho llevó a cabo diversas iniciativas importantes. En 1312 concedió una bandera a la ciudad (y no se sabe con certeza si también al reino) de Mallorca. En 1315 promulgó una sentencia arbitral que regulaba la intervención de la parte foránea en el gobierno insular, hecho que permitió la creación del Sindicato Foráneo. En 1323 firmó un Pariage con el obispo de Barcelona, señor feudal del poniente mallorquín, según el cual ambos poderes —el real y el episcopal— se repartieron la jurisdicción señorial sobre este territorio. Cabe decir que este convenio se mantuvo vigente hasta el año 1811, cuando las Cortes de Cádiz abolieron esta clase de señoríos.

A su muerte, la corona pasó a manos de su sobrino Jaime III, pues Sancho no tuvo hijos legítimos. No obstante hasta 1330 asistimos a una regencia, dado que Jaime III era menor de edad. El regente fue el infante Felipe, franciscano, hermano de Sancho. Al hacerse cargo del gobierno, tras unos primeros años de relativa tranquilidad, a partir de 1336 se inicia una etapa de relaciones difíciles entre la Corona de Mallorca y la Corona de Aragón, con la cuestión de fondo del grado de control que ejercía esta segunda sobre la primera. Además, Jaime III llevó a cabo algunos cambios difíciles de entender en materia de política exterior, como la ruptura de la tradicional alianza de los reyes de Mallorca con Francia, cosa que le dejó sin contrapeso ante el poder del monarca catalano-aragonés, Pedro el Ceremonioso. Y, por otra parte, Jaime III se granjeó la oposición de una buena parte de la población, debido a una creciente presión fiscal, a su carácter cruel y despótico y a la fama de mal gobernante que fue adquiriendo.

Esta situación fue aprovechada por Pedro el Ceremonioso que, bajo la acusación del incumplimiento por parte de Jaime III de ciertos deberes para con él (incumplimiento, aunque convenientemente exagerado, por lo demás, cierto), inició un proceso legal contra él, que acabó con una sentencia confiscatoria de sus dominios. El resultado final fue una guerra abierta entre ambos en la cual Jaime III, obviamente, llevó las de perder. Así, en mayo de 1343 el Ceremonioso ocupó el reino de Mallorca y entre 1343-1344 el Rosellón. Jaime III, acuciado por la situación, vendió todos sus derechos señoriales sobre Montpellier al rey de Francia en 1349, con el objetivo de recuperar Mallorca. En octubre de este año desembarcó en la isla con un ejército de mercenarios que fue fácilmente vencido por las tropas de Pedro el Ceremonioso cerca de Llucmajor, sin haber obtenido ningún apoyo popular a su causa. La batalla tuvo lugar el 25 de dicho mes y en ella Jaime III no sólo perdió la corona sino la vida.

Un hijo suyo, Jaime (IV) permaneció encarcelado durante una buena parte de su vida, antes de escaparse y dedicar el resto de sus días a luchar contra Pedro el Ceremonioso. Murió y fue enterrado en Soria.

Mientras tanto, la coyuntura económica experimentó cambios y un período de recesión que, combinado con diversas guerras (Cerdeña, Génova, Castilla), provocaron el endeudamiento público y una fuerte crisis durante la segunda mitad del siglo XIV. El asalto contra la judería (el «Call») de la ciudad en 1391 fue uno de sus exponentes más significativos.