La “Necrópolis bizantina y el taller de púrpura”

En la tercera zona excavada destaca una necrópolis que, gracias a la estratigrafía del lugar y a una serie de fragmentos cerámicos hallados en el interior del relleno de las fosas de las tumbas, sabemos que debió funcionar sobre todo durante el siglo VII d. C.

Ésta se encuentra en el mismo caminito que las barracas, a unos 10 o 15 metros hacia la izquierda, aunque hay que desviarse un poco hacia la derecha y abandonar momentáneamente el camino.

De dicha necrópolis tenemos identificadas hasta el momento un total de cinco tumbas, tres de las cuales ya han sido completamente excavadas. Estas tres son de fosa de tipo bañera (planta trapecial con los extremos redondeados), con las paredes verticales, paralelas, y con un retranqueo para encajarlas en la cubierta. Sus cubiertas están compuestas por cuatro o cinco losas de marés (piedra arenisca del lugar) colocadas planas. En cada una de las tumbas se encontró un solo esqueleto en posición de decúbito supino, con las piernas estiradas, y con los brazos al lado del cuerpo, o ligeramente plegados apoyándose sobre la pelvis. Los tres esqueletos correspondían a adultos de sexo masculino. Ninguno de los enterramientos presentó ajuar, ni tampoco se encontraron elementos que permitiesen intuir la presencia de algún tipo de caja funeraria. Finalmente conviene remarcar que no todas las tumbas tenían la misma orientación. Dos de ellas presentaban una orientación sureste (pies) / noroeste (cabeza), mientras que la tercera tenía los pies en el nordeste y la cabeza en el suroeste.

Debido a la datación de los enterramientos, y gracias a las características de las tumbas y de los individuos de su interior, pensamos que la necrópolis se puede poner en relación con la comunidad monástica masculina que habitó el archipiélago de Cabrera en el siglo VII d. C.

Las fosas de todas estas tumbas cortaban los niveles de derrumbe de unas estructuras que podrían haber formado parte de un taller de producción de púrpura. Éstas corresponden a un muro, un pavimento y una cubeta. Dicho muro, de unos 0,50 m de ancho, estaba construido con un zócalo de piedras ligadas con arcilla y con un alzado muy probablemente de tapial. A su lado oriental se le adosaba un pavimento de tierra pisada, y a su extremo nororiental una cubeta. Para la construcción de dicha cubeta se había realizado una fosa de fundación de planta cuadrangular, dentro de la cual se construyeron los cuatro muros del depósito. Su interior se encontraba recubierto por un revoque de mortero de cal, de entre 1 a 2,5 cm de grosor. Inmediatamente al oeste de esta cubeta, y adosado al muro antes descrito, se halló un canalillo creado en la arcilla del terreno por la circulación de algún tipo de líquido. Por la dirección y pendiente que presentaba esta pequeña canalización, parece ser que dicho líquido debía salir de la cubeta. Fue aquí, en el interior del canalillo, donde se encontró lo que parece ser la clave para la interpretación de estas estructuras. Concretamente se trata de 750 fragmentos de caracolas marinas, todas ellas de las especies murex trunculus (95%) y thais haemastoma (5%), y todas partidas con idéntico patrón de fragmentación. A posteriori se han ido documentando caracolas con el mismo patrón de rotura por todo el yacimiento, e incluso se ha localizado un auténtico conchero. El hecho de que las dos especies encontradas sean apropiadas para la producción de púrpura y que, tal y como explica Plinio, éstas debían partirse para poder sacar el animal de dentro de la caracola, son pruebas bastante contundentes para argumentar la presencia en Cabrera de un pequeño taller para la producción del colorante purpurado. Por los resultados de las excavaciones arqueológicas realizadas hasta el momento, parece ser que este taller habría funcionado durante los siglos V y VI d. C, sobre todo durante el tiempo de la pertenencia de las Baleares al Reino Vándalo del norte de África.