La ocupación romana

Entre los siglos III y II a.C., el Mediterráneo occidental se vio dominado por una de las mayores potencias militares y económicas de toda la historia: la República romana. Durante la II Guerra Púnica (218-201 a.C.), y sobre todo una vez finalizada ésta, las Illes Balears y las Pitiüses, en otros tiempos bajo el control púnico, empezaron a entrar de lleno en la órbita romana. Este proceso de acercamiento hacia el mundo romano tuvo un momento clave en el año 123 a.C., cuando Roma, con el argumento de querer eliminar la piratería que se refugiaba en dichas islas, acometió la conquista militar de las Balears. Pese a que las fuentes nos hablan de ciertos enfrentamientos, las huestes comandadas por Quinto Cecilio Metelo no tardaron demasiado en dominar todo el archipiélago. Además, todo apunta a que cierta parte de la población no ofreció resistencia. En Mallorca, por ejemplo, los habitantes de Bocchoris llegaron a un pacto de reconocimiento de superioridad romana, tal y como habían hecho los ciudadanos de Ebusus unos años antes.

Con la campaña militar del 123-122 a.C., Roma conquistaba las últimas islas del Mediterráneo occidental que todavía no estaban bajo su dominio. De este modo, aparte de conseguir eliminar la piratería refugiada en las Islas, también pasaba a controlar completamente las importantes rutas marítimas que cruzaban el Mediterráneo occidental. La situación de las Illes Balears y de las Pitiüses las ha determinado desde antiguo como un punto clave dentro de las rutas que atravesaban el Mediterráneo. Con el dominio romano, y en un mundo cada vez más abierto al comercio, la mayor parte de los centros poblacionales más importantes debían de estar por fuerza íntimamente ligados al mar, y más si tenemos en cuenta que en la antigüedad el transporte marítimo era, por mucho, el más copioso. En nuestra tierra, esta afirmación se corrobora observando la localización costera de todas las ciudades, todas ellas con buenos puertos naturales.

La ocupación romana también desencadenó un proceso que cambiaría de raíz las culturas talayótico-púnicas de nuestras islas. Este proceso conocido como romanización se tiene que entender como la introducción de una nueva cultura, la romana, que haría cambiar para siempre tanto la forma de ser como la de actuar de todos los habitantes de las Islas para introducirlos en un nuevo mundo común a todo el Mediterráneo. Los centros poblados fueron los principales focos desde donde esta nueva cultura, eminentemente urbana, consiguió arraigar en tantos y tantos lugares. Las ciudades tuvieron el papel de centros económicos de primer orden, fueron el lugar principal para la promoción política y social, actuaron como base para el control fiscal y, entre muchas otras cosas, sirvieron para difundir nuevas religiones, pensamientos, gustos, etc. Poco tiempo después de la conquista romana diversos centros poblados desempeñaron dos funciones principales: la de núcleos fortificados con guarnición que garantizaban el dominio romano de las Islas, permitiendo la vigilancia, la defensa y el control del litoral y de las rutas marítimas que cruzaban el Mediterráneo occidental, y la de elementos receptores desde donde se difundiría la romanización política, social, económica y cultural. Estos núcleos están en Mallorca: Palma, Pollentia y Bocchoris; en Menorca: Iamo, Mago y Sanisera, y en Eivissa: Ebusus. De todos ellos conocemos su emplazamiento: Palma se encuentra debajo de la ciudad actual que mantiene dicho nombre; Pollentia justo al lado de la villa de Alcúdia; Bocchoris, en el puerto de Pollença; Iamo y Mago, debajo de Ciutadella y Maó respectivamente; Sanisera, en el puerto de Sanitja, y Ebusus, debajo de la ciudad de Eivissa. Plinio también nos habla, refiriéndose a Mallorca, de dos centros más, Guium y Tucis, cuya ubicación por desgracia todavía no se ha podido identificar. De un modo más o menos rápido buena parte de estos centros habitados no tardaron en convertirse en auténticas ciudades romanas. En general, dicho proceso urbanizador tuvo el momento de máximo esplendor durante los siglos I y II d.C. Por aquel entonces, todas las ciudades disfrutaron de sus construcciones más monumentales y se rigieron por instituciones a imitación de las de Roma, tal y como lo hacían tantas otras ciudades del Imperio.