La Revolta Forana

LaRevolta Forana enfrentó la mayoría de la población de las villas con las clases dirigentes de laCiutat y con una parte de los payeses acomodados (recatxats). Tal y como explica el historiador Guillem Morro, sus causas, a excepción del antisemitismo, fueron básicamente las mismas que habían causado la primera revuelta de 1391: poner freno al incremento de la fiscalidad, conseguir la redistribución de la carga fiscal entre la Ciudad y la Part Forana, y acabar con la corrupción administrativa del Reino de Mallorca, que se había agravado todavía más debido a la lucha de bandos que enfrentaba la oligarquía ciudadana.

La chispa que encendió definitivamente los ánimos de los forans fue la exigencia, en 1450, de un capbreu (declaración de posesiones) sobre los bienes de realengo. El capbreu comportaba, para los poseedores de los bienes, la obligación de presentar los instrumentos notariales que pudieran demostrar sus derechos sobre la tierra que poseían y que muchos no tenían o habían perdido. En Manacor y Petra los encargados de la confección del capbreu fueron apedreados ytuvieron que refugiarse en Ciutat. Poco tiempo después, forans armados, procedentes de diversas poblaciones, empezaron a reunirse y a prepararse para el combate.

Día 26 de julio se concentraron enInca hombres de diferentes villas. Al día siguiente se presentó ante las murallas de Ciutat un ejército de unos 5.000 pagesos (es decir, payeses, término con el cual eran conocidos también los forans), que sitiaron Ciutat, cortando el agua de la acequia de la font de la Vila, que abastecía la población. Los forans, que contaban con las simpatías de buena parte de los artesanos deCiutat, no se retiraron hasta el 1 de agosto, gracias a la mediación del obispo deUrgell. Antes de retirarse, entregaron al gobernador un memorial de 31 capítulos que contenía sus reivindicaciones. En estos capítulos se solicitaba la supresión o reforma de diferentes cargas fiscales, se denunciaba la corrupción de la administración del Reino y los excesos que cometían en la Part Forana diferentes cargos y oficios reales, como también el hecho que en la Universidad del Reino se ignoraban diferentes privilegios concedidos a la ruralía mallorquina. Pero, sobretodo, los capítulos cargaban contra la oligarquía ciudadana, a la cual acusaban de haber causado la ruina del Reino como consecuencia de las luchas de bandos y de haberse apropiado de más de 112.000 libras procedentes de los caudales públicos. Los forans exigían la restitución al erario público de las cantidades de qué se habían apropiado los que habían ejercido los cargos, demandando además que se cumpliera la legislación vigente en materia de pago de la deuda pública.

Pero las demandas iban más allá, puesto que los forans propusieron que laPart Forana se separara administrativamente deCiutat y que, en caso de que se perjudicase de forma notoria a los intereses del rey o de que se contraviniesen los capítulos, los payeses se pudieran reunir y actuar defendiendo, según su argumentación, los intereses de la monarquía, “per exaltació de la dita corona reial o morir tots temps en defensió d’aquella”.

Los sublevados, por tanto, siempre se presentaron como súbditos fieles del rey y como defensores de los intereses de la Corona. Una imagen, o una actitud, que las clases dirigentes deCiutat trataron de contrarrestar convirtiéndola en una subversión política. La oligarquía ciudadana afirmaba que los forans pretendían entregar el Reino de Mallorca a Renato de Anjou, rival del rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, puesto que el mencionado Renato era el sucesor de los derechos hereditarios de la hija de Jaime IV sobre el Reino de Mallorca.

El 20 de enero de 1451 el rey se pronunció sobre lo acontecido durante el levantamiento forà, de manera totalmente contraria a los intereses de los sublevados: en la práctica, los capítulos restaron derogados y se obligaba a la Part Forana a indemnizar a los ciudadanos por los daños causados durante el asedio. Estas decisiones del rey debieron decidir al gobernador, Berenguer d’Olms, a iniciar la represión. El rey le había concedido poder extraordinario para que dictaminase en su nombre sobre los hechos del alzamiento. El gobernador impuso durísimas condiciones a los payeses a cambio de su absolución: que renunciasen, a favor del monarca, al cobro del dinero del cual se consideraban deudores, y que las villas, en concepto de servidumbre perenne e irredimible, pagasen 2.000 libras cada año. Lo anterior, la condena a muerte de dos dirigentes foráneos, y que se tuviera en cuenta la acusación según la cual los forans querían entregar el Reino a Renato de Anjou, propició que se volviera a producir un nuevo levantamiento forà, esta vez dirigido por los elementos más radicales de la ruralía.

El 18 deabril, el ejército payés, esta vez encabezado por en Simó Tort Ballester, volvió a asediar Ciutat. No se retiró hasta día 24 de abril, tras haber conseguido que el gobernador les otorgase el perdón por todos los crímenes que les eran imputados y la condonación de todos los daños que los labradores hubieran causado en las haciendas y bienes de los ciudadanos y de los forans contrarios al levantamiento (recatxats). A partir de entonces, el gobernador puso en práctica otra estrategia: enfrentar a los forans contrarios al levantamiento con los partidarios de la revuelta. Trataba, en definitiva, de convertir el levantamiento en una guerra civil. Con este objetivo el 29 de abril el lugarteniente del gobernador, Jaume Cadell, se dirigió a diferentes villas, llegando a reunir un ejército de unos 1.500 payeses. Cuando los dos ejércitos se encontraron en las proximidades de Muro, los hombres de Cadell no hicieron caso de sus arengas y la gran mayoría se unieron a los sublevados.

Seguramente con la moral alta por este hecho, el 5 de mayo los forans se volvieron a presentar ante las puertas de Ciutat, iniciando un nuevo asedio, el más largo y efectivo. En esta ocasión cortaron el abastecimiento de agua y consiguieron bloquear el abastecimiento de víveres de la población. También habían establecido tratos con un grupo de artesanos de la ciudad, dirigidos por el pelaire Pere Mascaró, que el 12 de mayo debía abrirles las puertas de la muralla. Pero estos artesanos fueron traicionados y algunos de ellos fueron detenidos y ejecutados. Fracasado este intento, los sublevados construyeron una especie de ariete, con el cual querían derrocar una parte de la muralla.

Mientras esto sucedía, tanto los ciutadans como los forans remitían continuas embajadas a la Corte de la reina en Barcelona. Una iniciativa que, en principio, resultó favorable a los forans, puesto que la monarca decidió enviar a Mallorca dos comisionados para negociar la firma de un tratado de paz, juntamente con el gobernador y una comisión negociadora integrada por un miembro de cada municipio de la Part Forana. Atendiendo al éxito, cuando menos aparente, de los tratos con la reina, los forans empezaron a levantar el asedio día 3 de junio. Desgraciadamente para ellos, las negociaciones no tuvieron otro efecto que el gobernador, Berenguer d’Olms, fuese destituido por la reina.

Las negociaciones con la corte del rey en Nápoles no siguieron el mismo camino, puesto que el rey decidió apoyar a los ciudadanos, enviando a Mallorca un ejército de mercenarios, compuesto de 1.000 soldados profesionales y de 400 caballeros que día 30 de agosto destrozó la hueste payesa. La derrota de la revuelta era una realidad incontestable, a pesar de que la resistencia de un pequeño grupo de sublevados se prolongase hasta 1453, cuando fueron capturados. Durante la primavera y el verano del 1453 las autoridades llevaron a término una feroz represión que llenó de hombres colgados y ajusticiados los principales cruces de caminos.

A pesar de la derrota y la represión de la revuelta, el rey aún no había dictado sentencia sobre los hechos, que se demoró hasta 1454. La sentencia, en realidad un conjunto de resoluciones reales, restituían, sin ningún tipo de modificación, el estado de cosas anterior al levantamiento. Además, el rey condenó a la Part Forana al pago de una multa de 150.000 libras, a la satisfacción de los impuestos que había dejado de pagar durante la revuelta, que sumaban 100.000 libras, y a pagar a la mitad del coste del mismo ejército que había derrotado a los payeses, y de 24.000 libras más en concepto de daños.

Por consiguiente, el pago de las multas y las indemnizaciones se añadió a los efectos de la represión de la revuelta. La mengua de la recaudación del tributo del morabatín -usado como indicador demográfico- refleja la disminución y el empobrecimiento de la población durante la segunda mitad del siglo XV. Por otra parte, los altos niveles de endeudamiento ahogaban a las economías de los forans acomodados, en su mayoría poseedores de las explotaciones más importantes, las alquerías y rahales. Muchos tuvieron que hipotecarlas y, finalmente, los más de estos se vieron obligados a venderlas a aristócratas de Ciutat oa forans acomodados. Además, buena parte de estos últimos trasladaron su domicilio -el oficial, al menos- a Ciutat, con el fin de rehuir el pago de las indemnizaciones y de la fiscalidad municipal, dado que se contribuía en el lugar de residencia oficial y no en el término en el cual se poseían los bienes. Esas transferencias de dominio y de cambio de residencia acentuaron todavía más el peso de todas las cargas fiscales que recaían en las haciendas municipales de las villas foráneas y, consecuentemente, sobre las espaldas de sus vecinos.