Los baleáricos

A mediados del primer milenio antes de nuestra era podemos observar en las culturas de Mallorca y Menorca cambios llamativos: dejan de construirse talayots, cambia el rito de enterramiento y, sobre todo, comienzan a recibir fuertes influencias de los pueblos vecinos, especialmente de la fenicia Ibiza. Además, es el momento en que las islas entran en la Historia escrita de manos de los historiadores griegos y, gracias a la presencia de mercenarios honderos, en las contiendas del Mediterráneo.

¿Cuál es la razón de estos cambios? Pues inicialmente podemos pensar que ha seguido creciendo la población, lo que demanda un aumento de la superficie a dedicar a la agricultura, lo que provoca que el viejo modelo de asentamiento, basado en la ganadería y representado por los talayots, ya no sea válido y entre en colapso. Cuando la tierra se dedica a la agricultura surgen otras formas de propiedad y de control social, con jefes más poderosos rodeados de personajes con funciones diferenciadas como guerreros, sacerdotes, artesanos, etc. Estos cambios se acelerarán desde el siglo IV a.C., momento en que las influencias externas se hacen decisivas, provocando que la sociedad deba rediseñarse para poder relacionarse con los comerciantes fenicios: de ser una economía autárquica se ha de pasar a producir un excedente con el que se pueda comprar el vino de Ibiza y los objetos de lujo de procedencia griega que no pueden faltar en el grupo dirigente.

A pesar de estos cambios, los baleáricos siguen viviendo en los mismos poblados, que amplían su superficie y se cierran con impresionantes muros de cuatro metros de grosor, desde luego más resistentes que lo que las hondas podían derribar. También aparecen los primeros recintos defensivos en altura, destinados específicamente a la defensa. Los talayots dejan de construirse, pero siguen presentes en poblados y centros ceremoniales, que se siguen utilizando, aunque no sabemos exactamente para qué. También es el momento de construcción de los santuarios en Mallorca.

La vivienda de los baleáricos pasa a ser un edificio cuadrangular, de menor tamaño que la de los talayóticos, con techo de arcilla y cañas. En su interior, un hogar, un lugar para depositar vasijas y, a veces, una cisterna. También aparecen almacenes o cuadras adosadas. En esta época se tienen los primeros testimonios de la utilización de caballos.

Las producciones artesanales baleáricas reflejan esa evolución social y esas creencias, destacando sobre todo por las figuras de bronce, de las que las cabezas de toro de Costitx son sus piezas más emblemáticas, aunque hay quien piensa que son piezas importadas; quizás sea mejor pensar en influencias exteriores, pero reinterpretadas por los baleáricos. Junto a estas cabezas de toro, nos muestran también la habilidad de los metalúrgicos las figuras de guerreros amenazantes, posibles divinidades protectoras, seguidas de piezas de menor tamaño que representan, sobre todo, toros y aves. También fueron buenos artesanos del plomo, destacándose los magníficos “pectorales” o placas con círculos y líneas. Muchas de estas producciones iban destinadas a los santuarios, otras a los enterramientos y, las que menos, al adorno personal o a funciones prácticas.

Conocemos algunos pequeños talleres, dedicados a la metalurgia del hierro, molienda o tejidos, pero dentro de una gran simplicidad, con técnicas muy poco evolucionadas.

También nos han llegado sus recipientes cerámicos, que se hacen de menor calidad, quizás porque la demanda había aumentado. Sin embargo, las formas y las decoraciones se hacen más variadas, siempre dentro de una línea de austeridad. Curiosamente, siguieron hasta el final sin utilizar el torno, realizando las vasijas a mano.

Desde el año 406 a.C., los baleáricos aparecen como mercenarios, primero de los cartagineses y más tarde de los romanos, en las luchas que sucedieron por la hegemonía del Mediterráneo Occidental. En ellas participaron como honderos dentro de las tropas ligeras, con la misión de desbaratar las líneas enemigas antes de que se produjera el cuerpo a cuerpo. A veces los textos nos hablan de un millar de baleáricos en combate. Posteriormente, como mercenarios de los romanos, los baleáricos aparecen en la lucha del César contra los belgas el año 57 a.C. Este es el último año en que tenemos referencias de los honderos.

La fama de los baleáricos como honderos era proverbial. Se decía de ellos que las madres no daban de comer pan a los hijos hasta que, colgando de un árbol, lo acertaban con la honda. En combate llevaban 3 hondas, una para cada distancia, dispuestas, una en torno a la cabeza, otra en la mano y otra en torno al cuerpo. Podían así alcanzar los 150 metros. El armamento del baleárico se completaba con un escudo de piel de cabra y un venablo de madera endurecida o, en ocasiones, con punta de hierro.

Estos mercenarios, al regresar a su isla, eran un importante medio de aculturación. Acostumbrados a otro estilo de vida y aficionados al vino, que por entonces era importado de Ibiza, que era una gran ciudad en la órbita de Cartago, Italia y después de Cataluña, debieron transformar las costumbres locales. De ello se encargaba también algún establecimiento comercial como el que los fenicios abrieron en el islote de Na Guardis, en la Colonia de Sant Jordi. Incluso se trajeron algunas monedas, aunque en Mallorca no se utilizaban, rigiéndose los intercambios por las reglas del trueque. El naufragio de un barco como el de El Sec (Calvià) nos muestra que las Baleares eran consideradas, en cualquier caso, un mercado de segunda fila, puesto que los principales productos que transportaba, vino griego de buena calidad, cerámicas finas áticas, calderos de bronce, molinos de técnica depurada, no iban destinados a Baleares, ya que apenas sí se encuentran en los yacimientos de las islas.

El mundo funerario de los baleáricos es variado, aunque dominado por los enterramientos en cuevas artificiales o naturales, a veces formando verdaderas necrópolis. A los cadáveres en ocasiones se les cubría de cal, lo que permitía depositarlos directamente en las cuevas sin descomposición, de manera que se podía ir dando salida al mayor número de funerales provocados por el aumento de población. También ahora a algunos finados se les enterraba con un rico ajuar de figuras de bronce y hierro, campanitas y otros artilugios para hacer ruidos, amuletos, además de collares, anillos y algunas armas.

Además de esta manera común de enterrar, en algunos lugares se realizaron auténticas ciudades de los muertos, como en Son Real (Santa Margalida), con mausoleos que imitaban a talayots y santuarios. Se ha llegado a decir que era el cementerio de los príncipes de Mallorca, pero seguramente no era más que el de un poblado vecino, un tanto heterodoxo a la hora de enterrar a sus muertos. En otros lugares, como cerca del Port de Pollença, también se emplearon originales ritos, como el de depositar a los cadáveres en una profunda sima metidos en ataúdes en forma de toro.

Cada vez más integrados en las relaciones mediterráneas, los baleáricos intentaron mantener su independencia pactando con los imperios que les cercaban y ofreciéndoles sus servicios, pero su situación a medio camino entre las penínsulas italiana e ibérica y su propia dedicación a la piratería como forma parasitaria de obtener bienes valiosos y esclavos, acabaron por atraer sobre ellos la atención de la emergente potencia romana, que en una rápida campaña y cuando ya hacía casi un siglo que había desembarcado en la costa catalana, ocupó las islas y puso fin a su independencia política el año 123 a.C. En algunos poblados y yacimientos se puede observar el corte que supuso esta conquista, ya que, en ocasiones, fueron abandonados y algunos objetos valiosos, como figuras de bronce, escondidos. En otros, sin embargo, la vida continuó, aunque ya bajo ocupación romana.