Prehistoria: introducción

La primera presencia de seres humanos en Mallorca corresponde a los restos hallados en la cueva des Moro (Manacor), que indican que antes del año 2030 a.C. ya había individuos de la especie humana en la isla. También sabemos que en el coval Simó (Sóller) por las mismas fechas había cabras y, por lo tanto, hombres. Parece que vinieron hacia 2300 a.C. del sur de Francia y con ellos se trajeron las tradiciones cerámicas y constructivas que allí tenían y que corresponden al periodo cultural denominado Bronce Inicial.

Al llegar a la isla, estos primeros hombres se expandieron con rapidez, provocando la rápida extinción de una especie de aspecto similar a la cabra a la que la falta de depredadores había desprovisto de medios para defenderse: el Myotragus, e introduciendo cabras, ovejas, vacas y cerdos, además de cultivos. Esta variedad de productos les permitía evitar el impacto de malas cosechas o epidemias entre los animales, al tiempo que les aseguraba una dieta bastante más completa que la de los pueblos que sólo se dedicaban a la agricultura. Sin embargo, la esperanza de vida no pasaba de los 45 años.

Los primeros edificios que levantaron parece que fueron los conocidos como navetiformes, que siguieron edificándose, con pocos cambios, durante unos mil años. Son viviendas de gran tamaño (hasta 18 metros de largo), fondo curvo, muros de grandes piedras y forma de nave con la quilla hacia el sol. Todavía hoy encontramos varios cientos de ellos diseminados por toda la geografía de las islas, desde la misma línea de la costa, tan cerca que en algunos casos el oleaje los bate, hasta los valles más agrestes de las sierras, y algunos de ellos, 3500 años después de su construcción, todavía se usan hoy para guardar animales en su interior. Son un testimonio de los isleños que explotaron todos los espacios y, seguramente también, de que, hacia el año 1000 a.C., llegó a haber una cierta superpoblación.

Los navetiformes a veces se encuentran aislados, pero normalmente se agrupan en poblados que suelen contener una decena de construcciones. Estos poblados no estaban amurallados ni parece que, salvo alguna excepción, les preocupara buscar lugares con posibilidades defensivas, lo que sumado al hecho de que apenas se han encontrado útiles que pudieran ser utilizados como armas, indica que los conflictos no debían ser importantes.

Otra característica que enseguida salta a la vista es que los navetiformes de cada poblado son muy parecidos en tamaño y tipo de construcción, sin que denoten diferencias sociales. En su interior encontramos un hogar central, una zona de descanso, quizá en literas, mientras que las actividades de preparación de la comida, reparación de herramientas, etcétera, se realizaban cerca de la puerta o bajo un porche de madera que antecedía la puerta. En el exterior se suelen encontrar corrales.

Los ritos funerarios durante estos primeros 1.300 años de poblamiento de Mallorca son variados: a la primera mitad del primer milenio a.C. corresponden los dos dólmenes hallados en la costa norte (Son Bauló, en Can Picafort y S’Aigua Dolça, en la Colonia de Sant Pere). Son sepulcros colectivos realizados con losas de piedra cubiertas, originalmente, por un túmulo de tierra. Se trata de monumentos muy extendidos en la Europa Atlántica que a Mallorca llegaron cuando el fenómeno se extinguía. Además de esta función, también debían servir como delimitadores territoriales, para indicar la pertenencia de un territorio a un grupo humano, puesto que se consideraba que era la morada de los antepasados y eso confería la legitimidad para ocupar un espacio.

Los dólmenes mallorquines se orientan al sudoeste, en torno a 245º, que es la orientación de la puesta del sol en el solsticio de invierno. Es realmente notable esta orientación porque coincide con la de los dólmenes del sur de Francia y Cataluña, pero no con los del resto de la península, que miran al sudeste. Esto nos da una pista de la posible procedencia de las gentes que los levantaron y también de sus creencias, ya que relacionaban la muerte no con la resurrección solar, sino con su declive mayor.

Los mallorquines del primer milenio a.C. también enterraban en cuevas naturales y artificiales, excavadas en las rocas blandas. Al principio eran de formas sencillas, pero al final llegaron a hacer cámaras complicadas, con pasadizos, nichos y bancos. Desgraciadamente, muy pocas de las docenas de cuevas que conocemos han llegado intactas hasta nosotros, por lo que no estamos en condiciones de interpretar estas diferentes formas de las cuevas. Sí sabemos que el ritual que seguían era la inhumación colectiva de personas de todas las edades y sexos, salvo los niños más pequeños, lo que nos vuelve a hablar de una sociedad igualitaria, aunque con un papel creciente del hombre (hay un ligero desfase entre enterrados de ambos sexos, a favor de los hombres). Los ajuares con que acompañaban a los difuntos eran también sencillos: algunos recipientes cerámicos que debían contener alimentos y útiles de bronce. Al cadáver también se le ponía algún collar y un sudario prendido con un botón de hueso.

Uno de los rasgos culturales que mejor conocemos de los primeros habitantes de Mallorca es su cerámica. Al principio, junto con ejemplares no decorados, se usó un tipo peculiar de cerámica denominada campaniforme, por su característica forma de campana y con decoración de rayas y líneas quebradas incisas. Este tipo de cerámica se generaliza en Europa desde mediados del tercer milenio, coincidiendo con la difusión de la metalurgia del cobre y hoy se piensa que eran un tipo de recipientes “de prestigio” que servirían para algún tipo de rituales o para transportar algún preciado producto, tal vez la cerveza o la hidromiel. Hacia 1500 a.C. esta cerámica desapareció y sólo continuó la tradición no decorada.

Junto con la cerámica, usaron puntas, cuchillos, brazaletes y punzones de cobre y bronce y algunos útiles de hueso como botones o unas placas denominadas “brazales de arquero”. También hacían cuchillos con sílex. En general, son objetos sencillos y con una decoración pobre.

Los primeros habitantes de Mallorca, conocidos como pretalayóticos nos dejan una imagen de un pueblo ganadero sedentario, que apenas utilizaba el comercio ultramarino, poco jerarquizado socialmente, donde aparte de la existencia de tribus o incluso pueblos, parece que la unidad básica era la familia extensa, dotada de todos los elementos para su subsistencia, como los ganados, herramientas, etcétera y representada por las construcciones navetiformes. Una familia donde los ancianos ejercerían un papel dirigente y donde la división de funciones entre hombres y mujeres no implicaría diferencias sociales tajantes. Tampoco se ha constatado que existan especialistas como sacerdotes, artesanos, etc.

Sin embargo, esta sociedad se acercaba al límite de sus posibilidades por la falta de territorio para seguir expandiéndose y la deforestación a gran escala que la sobrepoblación ganadera venía produciendo. Había que optar por una solución: o limitaban el crecimiento por la vía del infanticidio o la emigración o cambiaban su sistema social y económico, y parece que optaron por esta última salida.

En efecto, poco antes del cambio de milenio, tenemos algunas evidencias de que el modelo de poblado de navetiformes es abandonado por un tipo de poblado mucho más agrupado, con igual número de cabañas pero donde se ha perdido ya la independencia de cada navetiforme. Un ejemplo de este tipo de poblados lo tenemos en Son Real (Santa Margalida). Este cambio lleva aparejado el de la forma de las cabañas, que de la regularidad del navetiforme pasan a una planta arriñonada y muros hechos con piedras de menor tamaño. De esta manera, los poblados parecen cohesionarse y jerarquizarse y estos grupos pronto se impondrán a los que decidieran seguir con el viejo sistema. No pasará mucho tiempo sin que Mallorca se llene de poblados de este tipo. Es un período de cambio, mal conocido, que anticipa la eclosión de la cultura talayótica.