Fuimos formados con la fuerza de algunos pensamientos que forjaron nuestra mente en la convicción de que el rigor, el compromiso y la disciplina eran armas invulnerables. Nos educaron en el “querer es poder”.
Una de las más trágicas sorpresas personales que nos está dando esta apocalíptica crisis económica, es la íntima sensación de que ese mantra ya no encuentra su espacio en nuestras vidas, de que en el aquí y ahora “querer no es poder”, que le han embargado el poder a nuestro quiero y que cada día se hacen menos transparentes los incontrolables y lejanos hilos invisibles que manejan nuestro destino: el IBEX 35, las aspiraciones de los Bildelberg, las triquiñuelas de los Lehman Brothers, el humor de Merkel o la prima de Riesgo que nos choriza cada mañana la cesta de la compra… y así vamos, descubriendo nuevos matices de un siniestro efecto mariposa que pretende sumirnos lentamente en la impotencia.
A estas alturas del infierno, nos salen sobrando esos gurús que pretenden que interpretemos el presente en clave china: “crisis=oportunidad”, porque la primera nos sale al encuentro cada día, mientras que la segunda juega al escondite y ya ha perdido la cuenta.
Pese a todo, los restaurantes que no han caído, que no son solo los que no han cerrado; los que aún mantienen vivo el placer de salir de casa, siguen siendo los que ponn a la mesa como principal reclamo el amor y la gastronomía: amor por lo que siembran y recogen, amor por el producto, por el mar y por la tierra, por los campesinos y los pescadores, por el plato bien servido, por el plato que vuelve limpio a la cocina, por ese oficio que esclaviza e incluso por esa amante fiel y maltratadora que es la crisis, que pone a prueba la profesionalidad para seguir
haciéndolo bien y para continuar tratando al cliente como merece, con independencia de si ha pedido langosta o ensaladilla.
Hoy ya no podemos ir mas que a restaurantes en los que el amor se celebre cada día, sin santos ni febreros, sin empalagos ni cursilerías, sin tapujos y a quemarropa, rebeldes y anticrisis, con ese amor que nos incinere, que nos devuelvan el placer de querer aunque no podamos y que por un momento nos hagan soñar y nos permitan sentirnos los mejores inversores, aún después de pagar la cuenta.

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