Regresando a la tierra


DEBORAH PIÑA

Hace unos años, en Francia algunos niños dibujaban el pollo y el pescado en forma de barritas en bandejas de poliuretano, demostrando hasta que punto hoy estamos desconectados del origen agrícola del alimento. Los intermediarios se han multiplicado en detrimento del lazo que unía directamente a productores y consumidores. El control del mercado y la fijación de precios están en manos de los grandes distribuidores. “Las grandes superficies crean desiertos alimentarios, no se proveen en las zonas en las que operan, traen el alimento de fuera y se llevan el beneficio, matando la economía local”, explica Biel Torrens, secretario de Unió de Pagesos y miembro de Slow Food. El caso de Mallorca es paradigmático. Hace 40 años teníamos capacidad para autoabas­tecernos en un 90% de productos. Ahora depen­demos completamente de los productos de fuera. “No es un problema de producción” –insiste– sino de mercado, algunas producciones se pudren, el mercado las deja fuera. Ofrecí mi producción a una gran superficie, no la quiso comprar, la vendí en la península, le cambiaron la etiqueta y fue comprada por esa gran superficie”. Los recursos están ahí, pero la economía global no acompaña.

Además de imponer estas dinámicas incongruentes, el sistema convence de que la producción de alimento barato está garantizada. Pero si agotamos recursos como el suelo o el agua, ¿quién garantizará nuestra subsistencia?

La agricultura debe aspirar a la durabilidad y urge desarrollar otros sistemas agrícolas respetuosos con el medio ambiente y las personas. Y desde luego, hay alternativas. Por ejemplo, la permacultura. Una palabra que deriva de la contracción de permanente y “cultura” en el sentido originario de cultivo. Julio Cantos, experto permacultor, nos define este término: “La permacultura es el diseño de entornos humanos sostenibles, de espacios donde los humanos podamos vivir y donde la palabra sostenibilidad significa crear más energía de la que se consume”. La base de la permacultura es la agricultura pero también son esenciales la energía –que debe ser limpia–, la bioconstrucción o la gestión del agua. El alimento debe ser de proximidad, de producción local y basarse en las variedades locales, que son las más adaptadas al medio. Pero también se puede experimentar e introducir nuevas plantas alimenticias. “Que un chirimoyo se acabe convirtiendo en variedad tradicional es cuestión de tiempo”, comenta. Un aspecto que le interesa especialmente es “integrar la producción de alimento con la conservación del medio ambiente: una extensión de lechugas, por muy ecológica que sea, a nivel de biodiversidad es un crimen”. También es experto en forestería análoga, una metodología de diseño de fincas agroecológicas basada en la silvicultura y que integra la conservación de la biodiversidad nativa, la producción ecológica y el comercio justo. Es importante que las condiciones humanas de producción sean justas si no queremos caer en la trampa del ecocapitalismo. MacDonalds ha cambiado su color corporativo de rojo a verde y, junto con otras grandes superficies, ya ofrece productos ecológicos. Pero ¿en qué condiciones se ha producido este producto? ¿Cuál ha sido la remuneración para el productor?

En la ciudad se pueden aprovechar espacios infrautilizados, como cubiertas de edificios, para cultivar

Los principios de diseño de la permacultura son universales pero sus técnicas son particulares: se adaptan a las características de los lugares y a los espacios. Puede aplicarse tanto a fincas rústicas como a entornos urbanos. En Mallorca, un buen ejemplo de las posibilidades que ofrece la permacultura urbana es el Parc Es Serral de les Monges, en Inca. Es una finca pública, agroecológica, orientada a la formación y a la educación, donde se muestran los distintos tipos de horticultura. Vienen colegios, se hacen talleres de huertos urbanos y de aprovechamiento de los recursos autóctonos, como la fabricación de licor de hierbas. Miquel Picó, el actual coordinador, explica que la finca colabora con la asociación de variedades locales y funciona como banco de semillas. También hay “cubiertas comestibles”. Los huertos en cubiertas es un tema que conoce bien Manino, un arquitecto que hace agritectura, una mezcla de agricultura y arquitectura. “En la ciudad se pueden aprovechar espacios infrautilizados como son las cubiertas de los edificios para plantar y cultivar”. Manino es el impulsor de La Biofactoría: “La idea era que la finca fuera rentable, pudiera dar de comer a una familia y fuera un negocio vinculado totalmente a la agricultura, por un lado vendiendo el producto y por otro incorporando el alquiler de espacios o la formación de urbanitas”. Según Manino, el problema de las iniciativas privadas agrícolas sostenibles es que se topan con una normativa rígida y con una administración sin sensibilidad, que desmotivan a cualquiera.

En referencia a una experiencia de huerto social que hicieron en colaboración con la parroquia de Camp Redó, comenta: “Les hemos enseñado los mínimos para que se puedan manejar, se han liberado del miedo de que sin dinero no comen, pero el huerto lo han de tener cerca de casa y estamos buscando terrenos por la zona de Camp Redó”. Esta educación en subsistencia, el desarrollo de la autonomía y la emancipación del actual sistema de consumo es un eje fundamental de la permacultura. Según Julio Cantos, “es un conocimiento liberador que el sistema educativo no contempla. Aporta resiliencia, especialmente en tiempos de crisis”.

¿Qué podemos hacer como consumidores e urbanitas? “Lo primero es cambiar la actitud, saber que estamos en un mundo finito. El primer contacto con la permacultura es ético”, dice Julio Cantos. Luego podemos cultivar en el balcón o la terraza e introducir cambios en nuestras pautas de consumo. Se trata de buscar el alimento en el espacio próximo. Además conviene no comprar en las grandes superficies y preferir el pequeño comercio y la venta directa como en los mercados semanales y en las cooperativas de consumo, valorar qué comercios dan prioridad a los productos locales. Slow food, una asociación internacional que trabaja para recuperar y fortalecer el vínculo entre el sector primario y el consumidor final, insiste en que muchas veces no somos conscientes del efecto de nuestras decisiones de compra sobre el mercado y por ende, sobre la producción alimentaria. “Todo suma, es la militancia en la cesta de la compra”, añade Julio.

En permacultura, la calidad del alimento es mucho mayor. En oposición a la insipidez globalizada que impone la agroindustria, se recuperan nutrientes, sabores, olores y texturas tradicionales. La soberanía alimentaria es el derecho a tener alimentos de proximidad buenos, justos y limpios. En Mallorca, las iniciativas que la defienden son aún minoritarias pero personas como Julio Cantos, Miquel Picó, Manino, Biel Torrens o los activistas de Slow Food invitan a pensar que podemos construir otro sistema alimentario y que sí, sí es posible vivir del campo.

La agenda

Julio Cantos, formador y asesor en permacultura: viridetum@hotmail.com
Parc Es Serral de les Monges (Inca). Visitas y formación: ajinca.net/parcserral
Slow Food Illes Balears:
slowfoodib.org
La Biofactoria (agritectura y huertos comestibles):
mannino@gmail.com
Mercat Ecològic: Palma (sábados) y Santa Maria del Camí (domingos)
Eco habitar, revista de bioconstrucción y permacultura:
ecohabitar.org
El horticultor autosuficiente, de John Seymour. Guía práctica de la vida en el campo
Sa Tenda Ecológica (mesas huerto): Blanquerna, 6 (Palma) y satendaecologica.com
Biogranja La Real (botiga ecològica y huertos urbanos):
biogranjalareal.com