Clinton quedó asombrado con el Castell de Bellver. Entre las personalidades que visitaron a los reyes en Mallorca en los años 80, cabe destacar al entonces presidente de EE UU Bill Clinton y su esposa Hillary, que recorrieron junto a ellos los lugares emblemáticos que ofrece la capital mallorquina. DM

En 1978, año en el que el genial artista Joan Miró recibía la Medalla de Oro de la Comunidad, Carlos Hernmann Marconi, heredero de Saridakis, demandaba al Govern de Balears por incumplimiento del contrato de cesión del Palacio de Marivent. Por aquel entonces, los todavía príncipes Juan Carlos y Sofía, ya habían adoptado esta finca como su residencia oficial veraniega, aconsejados por el mallorquín Nicolás Cotoner y Cotoner, marqués de Mondéjar, que era el jefe de la Casa del Príncipe. En su denuncia, Hernmann Marconi no reclamó el palacio, sino las 1.300 obras de arte, los más de dos mil vólumenes de la biblioteca y los muebles que contenía el edificio y que pertenecieron a Saridakis, porque entendió que el deseo del pintor no se había cumplido. Ya saben, el mecenas quería que sus bienes estuvieran al servicio de la sociedad balear y que allí se instalara un museo. Diez años después, por la puerta de Marivent salieron empaquetados cuatro contenedores rumbo a Barcelona y lo más espectacular, por su tamaño, una araña (lámpara) de cristal de Murano.

Todo empezaba y acababa en la figura de don Juan Carlos y la Familia Real, los mejores anfitriones de una Isla que hace 40 años era capaz de ser refugio de Robert Graves, y salvoconducto de una Lady Di, ya presa de la prensa social. Décadas después, los actores de Hollywood y grandes estrellas de la canción se han convertido en ‘influencers’ y famosos de quita y pon

Mallorca siempre ha sido así; tierra de contrastes. Capaz de ofrecer lo mejor de sí misma y de autodestruirse a la vez. Quizás por eso, no debería sorprendernos que en estos cuarenta años haya cambiado tanto el cuento social. Que hayamos pasado de recibir a Carlos y Diana de Gales –una Lady Di que huía ya de la prensa rosa y de los rumores, luego ya confirmados, de que su matrimonio era una farsa-; a conformarnos con parejas salidas de Gran Hermano o de programas televisivos en busca de nuevos talentos.

En aquella época de los 80, cuando nadie vaticinaba lo que les iba a tocar sufrir tiempo después a la Casa Real –léase Caso Nóos, léase divorcio de la infanta Elena y Jaime de Marichalar o la mala relación entre dos reinas, emérita (Sofía) y Letizia a las puertas de la Seu- los reyes recibían en un Marivent redecorado a los emperadores de Japón, Akihito y Michiko; a Isabel II –que llegó a bordo de su yate Britannia- o al matrimonio Clinton. Don Juan Carlos y doña Sofía hicieron de cicerones por toda Palma, enseñándole al presidente de los Estados Unidos los lugares más emblemáticos. 40 años después, Felipe VI y su consorte en palacio solo reciben a los presidentes del gobierno, en despacho oficial.