Los valores de Palma consistían en una medida humana de las cosas. Una realidad urbana sin asfixias

¿Existe la ciudad de tus sueños? Pertenezco a una generación esencialmente utopista. Que desde muy pronto comenzó a colocar la felicidad dentro del planisferio. Buscar el viaje perfecto. La ciudad soñada. La casa donde habitarte a ti mismo. Hemos proyectado en la geografía nuestra propia realización personal. Para bien o para mal. Y los lugares nos han respondido a su manera.

Mi arquetipo de Palma era la Ciudad Ajedrez. Blanco y negro. Luz y sombra. Piedra y cielo. Cuando llegué a ella, a los veinticinco años, buscaba un lugar perfecto y utopista donde realizarme. Cansado de las grandes urbes, de la megaciudad gris. Ansiaba un lugar donde fuera posible respirar, abrirse al horizonte. Pero al mismo tiempo que me ofreciera un refugio, un escondite. Y Palma, en los años 70, te brindaba ambas cosas. Cuadros blancos y cuadros negros.

Los valores de Palma consistían en una medida humana de las cosas. Una realidad urbana sin asfixias. Conservo la imagen de lugares únicos como el Bruselas, el Pou Bo o el Centro de la Guitarra. El cielo de Génova amaneciendo, con el castillo de Bellver en la sombra como si fuera la torre del ajedrez. Aquella persiana de azules muy claros, amarillos dorados, tintes rosáceos desplegada sobre el mar.
El centro parecía un inmenso tablero. Con los campanarios de las iglesias al modo de piezas del alfil. Las casas antiguas como peones blancos o negros, según estuvieran en la parte antigua o la nueva. Los callejones, los portales silenciosos. Era una mediterraneidad distinta a la que había conocido. Llena de contrastes. Pero al mismo tiempo densa, despaciada, como el chocolate de la Granja Royal.
La ciudad ajedrez tenía sus itinerarios. Recuerdo sobre todo el paseo hasta la estación marítima 1, donde rodaron la escena final de ‘El Verdugo’. Tenías el mar al alcance de la mano. Te sentabas a ver entrar los buques correo. O el paseo por el espaldón de Dic de l’Oest, con la ciudad desplegada como si fuese un cuadro del siglo XVII.

Habitar aquella Palma te llenaba el alma de espacios. Porque había tiempo de silencio, tiempo de luz, tiempo de ruido, tiempo de pensamiento. La estética de la ciudad turística estaba ya algo pasada de moda. Pero eso incluso le daba mayor encanto.

Aquella ciudad ajedrez dejó su impronta en mi sensibilidad. De la misma manera que las cuñas tipográficas componían el texto de los libros. Dejó una atmósfera de claroscuro, a la que casi siempre me remito. Una idea de las calles como caminos hacia tu interior. Por las que paseas un poco sonámbulamente. Como hacía Cristóbal Serra con su boina de lana, caminando por los márgenes de Sa Riera.

La Ciudad Ajedrez es una ciudad de secretos, de medias voces, de historias ocultas que te esperan en alguna ventana o un patio. Es una especie de crucigrama de ti mismo, donde se dilucidan los momentos en que vivías con intensidad, y los que te sentiste desgraciado. Lo que deseas recordar a toda costa, y lo que pretendes inútilmente olvidar.

Puede que la Palma física haya cambiado. Que ya tenga poco que ver con esa del pasado. Pero el molde mental y sentimental que te imprimió seguirá allí para siempre. En tu forma de relacionarte con el mundo, de buscar un refugio, de querer el pasado, de pasar de la luz a la sombra.

Por más que cambie Palma, y lo hace, la Ciudad Ajedrez sigue dentro de ti.