En la isla de la aparente inmovilidad se han producido, sin embargo, en las cuatro últimas décadas, cambios de gran calado en el de paisaje, definición y comportamiento social en los que permanece patente la diferencia entre Ciutat y la Part Forana, aún dando por sentando que Mallorca se ha vuelto también, y ya de modo irreversible, metropolitana durante este tiempo. Para darse cuenta de lo ocurrido hay que coger perspectiva, volver la vista atrás y sopesar pasado y presente.

La rendición incondicional de Mallorca al turismo ha causado un gran impacto en los pueblos y ciudades del interior. La economía y el negocio se ha trasladado al perímetro costero, con ello, evidentemente, también el trabajo. La agricultura y la ganadería, principales sustentos de los residentes en el Pla, Migjorn y Raiguer hace medio siglo, se han ido abandonando de forma progresiva o se han especializado y concentrado en puntos muy localizados. Las directrices del mercado único europeo han tenido también su influencia determinante en el vuelco producido. Se sigue exportando patata de Sa Pobla al Reino Unido, pero las vaquerías de Campos se han transformado en negocios vinculados al turismo o han entrado en el olvido.

En los pueblos han prosperado también los alquileres turísticos, los agroturismos y las casas vacacionales

Lo ocurrido con la payesía puede trasladarse a las zonas industriales del Raiguer y Llevant. El calzado ha perdido músculo en Inca y Manacor ya no es la ciudad en la que había un taller de muebles en cada esquina y las perlas brillaban con sobrado atractivo de exclusividad. Los servicios y sobre todo las grandes superficies comerciales suplantan a la tienda de toda la vida que tanto carácter y personalidad ha impregnado a pueblos y villas de Mallorca. El supermercado moderno es invasor en un tiempo en el que el comercio electrónico tampoco ayuda a la compra de proximidad.

Total que, entre una cosa y otra, con tanta influencia y dependencia exterior, los pueblos de Mallorca se han vuelto espacios urbanos residenciales, lugares dormitorio en los que los mayores hallan su mejor jubilación y los jóvenes carecen de recursos para completar su formación o integrarse en el mundo laboral. Ello no significa, ni mucho menos, que hayan perdido vida y carácter. Han mutado, han cambiado como consecuencia de un instinto de supervivencia natural. En la capacidad de evolución y cambio está el éxito. No resulta descabellado pensar que las modificaciones aparecidas han significado un reforzamiento del carácter del interior de la isla. También es cierto que plantean nuevos interrogantes esenciales.

Una de las manifestaciones claras de todo lo dicho hasta ahora es el de la inmigración, un fenómeno impensable hace dos décadas, por lo menos en su dimensión actual y que ahora está presente en prácticamente todos los municipios. Ya resulta difícil hallar un pueblo de Mallorca que no tenga su mezquita, signo de que en él reside una comunidad musulmana, la cual es muy probable que conviva con otra de latinoamericanos y de centroeuropeos. En este caso puede ser de jubilados o de profesionales liberales con trabajo a distancia y aún residentes intermitentes. También se aprecia, aunque en menor medida, la presencia de africanos en las villas mallorquinas. La multiculturalidad ha llegado para quedarse y para hacer presente la diferencia de credo y de costumbre en una tierra que tenia a la uniformidad como signo de comportamiento. Los inmigrantes trabajan en fora vila y en la construcción o en servicios domésticos, las mujeres. Han ocupado las vacantes que han dejado los residentes nacionales, en muchos casos también por falta de relevo generacional. La inversión de la pirámide de población es otro de los signos de identidad de la Part Forana mallorquina, en ella los adultos y jubilados son claramente mayoría con respecto a los jóvenes.

Los cambios se han acelerado en los últimos años impulsados por la crisis económica de la última década y la alta demanda del turismo. Por eso en los pueblos han prosperado también los alquileres turísticos, los agroturismos y las casas vacacionales. Ya no queda un solo pueblo de Mallorca sin hotel o infraestructura equivalente. La explotación turística ha suplido las carencias incorporadas a la agricultura y en algunos casos ha llegado a marginarla. Ha sido más fácil y seguro reconvertir la explotación agrícola en turística que adaptarla a unos usos de cultivo de rentabilidad incierta. Fora Vila es ya un lugar de ocio residencial en la isla metropolitana de intercomunicación constante, con alta presión demográfica, en la que las carreteras ya sobran y se mantiene un evidente déficit de transporte público.

A la agricultura no le ha quedado más remedio que especializarse. La recuperación de los valores ecológicos ha sido el mejor camino para ello. Hoy hay vinos de excelente calidad fruto de unas viñas que han incrementado su cultivo. El aceite sigue un trazado semejante. Los olivos ya son algo más que una estampa bucólica de una Serra de Tramuntana salvada con manto de Patrimonio de la Humanidad y expresión de la singularidad en la intersección de la Part Forana.
Un último signo indiscutible de los cambios experimentados es la notable mejora de infraestructuras y servicios públicos. Se puede detectar incluso sobreabundancia y falta de coordinación en este sentido. Las piscinas, los teatros, los polideportivos y las escuelas de música ya son como los campanarios, uno en cada lugar, en cada municipio. Eso, aparte de los costes de su mantenimiento.

Con todo, en la época de los cambios y la movilidad constante, ser de pueblo sigue teniendo su valor, mantiene sus particularidades, con los matices de carácter y comportamiento exclusivos de cada caso y también sus particularidades fonéticas. Con los hechos y el habla se sabe de dónde es cada uno.