Las amenazas para el paisaje y el medio ambiente. El envejecimiento de los bosques tuvo su mayor exponente con los incendios feroces como el de Andratx de 2013 que obligaron a reforestar para recuperar el terreno perdido.

Hace 40 + 1 años, el mes de julio de 1977, un grupo de jóvenes ocuparon la isla de sa Dragonera para evitar que se urbanizara. Un proyecto constructivo, muy contestado por parte de un sector de la sociedad de la época, que llegó al Tribunal Supremo que falló en contra, evitando su urbanización, en febrero de 1987. La protesta a favor de la protección de la isla fue consecuencia de la incipiente sensibilidad ambiental que nacía como respuesta al desarrollismo de los años 60 y 70 cuyo fenómeno es conocido mundialmente como balearización. La historia tuvo final feliz cuando en el 1995 se acabó declarando parque natural.

Lejos de sentar precedentes, al intento de Dragonera le seguirían barbaridades a ojos actuales como la construcción y posterior demolición del hotel de Monnàber de Fornalutx en el año 2000 o los apartamentos de ses Covetes construidos y luego derruidos en 2013.
Mallorca siempre ha sido siempre tierra de extremos. Mientras se urbanizaban calas vírgenes, se declaraba el parque natural de Mondragó (1992). Mientras se derogaba la primera ecotasa con apenas dos años de vida en 2003, se aprobaba el parque natural de la península de Llevant (2001). Mientras se llevó a cabo la operación Barco para traer agua potable a Mallorca, a los pocos años se aprobaba el paratge natural de la Serra de Tramuntana (2007).

Es difícil encontrar lugares en Europa que hayan cambiado tanto en 40 años como Mallorca. Hasta no hace tanto, ir hasta Pollença requería parada en el camino en una carretera que nada tenía que ver con la actual; existían más de 40 vertederos de residuos urbanos en la isla; solo había un tipo de contenedor en la calle; el buitre negro moría por envenenamiento.

Hemos aprendido nuevas palabras que antes no existían: masificación, recursos limitados, agua desalada o capacidad de carga

La Mallorca actual ha perdido parte de la esencia que la definió durante siglos. La llegada del agua canalizada a los pueblos supuso relegar el uso de la cisterna como herramienta de independencia hídrica. El abandono en el manejo de los bosques y de la caza ha supuesto la proliferación de la cabra en la Serra de Tramuntana y en un envejecimiento de los bosques que tuvo su mayor exponente con los incendios feroces como el de Andratx de 2013.

Durante estos 40 años hemos aprendido nuevas palabras que antes no existían: masificación, recursos limitados, agua desalada o capacidad de carga. Hasta hace nada era inimaginable limitar el acceso de los visitantes a determinadas zonas. Por mucho que el sentido común y la lógica así lo apuntaran.

La Mallorca de dentro de 40 años deberá hacer frente a nuevos retos inimaginables hasta la fecha. Cómo se deberá actuar cuando el nivel del mar suba; cómo afectará a zonas como la Albufera y el puerto de Alcúdia; de qué manera se hará frente a veranos más secos, a lluvias torrenciales, a una mayor erosión del suelo, a la pérdida del paisaje. Dentro de pocos años y mirando atrás no entenderemos cómo permitimos exprimir tanto todo, de la misma manera que ahora no entendemos cómo se llegó tan lejos en el proyecto de hormigonar sa Dragonera.