Nico Langendoen se acaba de despertar de la siesta. Este holandés, de 82 años, viste un blazer color champán que acompaña con una pajarita negra de topos blancos. Alto, de manos montaraces, se recuesta sobre el sillón del hall y se ajusta sus enormes gafas de concha negra. “Palma ha cambiado muchísimo. Se ha convertido en una ciudad demasiado grande, muy desproporcionada. Particularmente me gustaba mucho más como era antes”, sentencia Langendoen desde su atalaya de casi dos metros. Langendoen está muerto. Eso, o ahora ostentaría el récord del hombre más viejo del mundo.

En la edición del 29 de diciembre de 1978, el turista Langendoen se despachaba a gusto con el periodista: “Cuando llegué a Mallorca, los primeros años daba placer pasear. Apenas había coches y por estos alrededores casi todo era virgen. Creo que hay demasiados hoteles y tiendas. Antes los comercios eran pequeños y acogedores”. ¿Qué pensará ahora este holandés desde el más allá? A falta de güija, podemos concluir que en Mallorca vivimos instalados en el ‘Día de la marmota’. El bucle de los eternos debates.

Hace cuarenta años Son Sant Joan alcanzó el primero de muchos récords: 7,5 millones de viajeros. La cifra sorprendió a todos por abultada. “La política que está primando en la Secretaría de Turismo, y en general entre la mayoría de los responsables económicos y políticos, es la de mantener el turismo en esas cantidades. Para algunos, ya hemos alcanzado el techo de viajeros y, para otros, está al caer”, relataba el cronista. Pobrets. No habían visto nada. Hoy transitan por las terminales de Son Sant Joan casi 28 millones de personas. Mallorca se estira como un chicle.
Cuatro décadas después, todo es igual pero distinto. Encarnamos a la perfección la reflexión de Heráclito (gracias Wikipedia): “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”. Y tanto. Balears ha experimentado un cambio económico y social que no tiene parangón en ninguna otra comunidad autónoma. Mientras la población en España ha crecido un 27%, Balears casi ha doblado el número de vecinos (+80%). Extranjeros seducidos por la isla y trabajadores reclutados por el sector servicios y la construcción. Todos juntos en 3.600 kilómetros cuadrados para estupor del señor Langendoen.

“Palma ha cambiado muchísimo. Se ha convertido en una ciudad demasiado grande, muy desproporcionada. Particularmente me gustaba mucho más como era antes”

Balears viaja en el furgón de las comunidades autónomas con mayor desarrollo económico, junto a madrileños, vascos y catalanes. Las corporaciones turísticas de relumbrón se asientan en Mallorca: Globalia, Barceló, Meliá, Riu, Hotelbeds, Jumbo Tours… Las islas, el tercer territorio del país con más ricos: 209 personas declaran ganancias superiores a los 601.000 euros anuales. ¿Quién da más?

Esa es la cara ‘A’ luminosa. La otra, la ‘B’, relata el apuro de las familias para llegar a final de mes. “Las regiones con un mayor desarrollo industrial o especializadas en servicios de alto valor añadido disfrutan los mejores salarios. Y en aquellas dependientes de la construcción y los servicios poco cualificados, las retribuciones son más bajas”, describe el Consejo Económico y Social de España (CES) en un informe sobre el devenir de las comunidades autónomas durante la democracia.

En 1985 nos pavoneábamos con el PIB per cápita más alto del país. ¡Un 50% por encima de la media! No estábamos entre los más ricos de España. No señor. Nos codeábamos con las regiones más desarrolladas de Europa. Luego, una carrera cuesta abajo. “En el ejercicio de 2006 las islas se mantuvieron exactamente en la media europea, pero desde entonces han caído en relación con el promedio de la UE hasta situarse en un ya muy bajo porcentaje del 83,5% en 2015, mostrando una dinámica de empobrecimiento relativo insólita”, me explica el destacado historiador económico Jordi Maluquer de Motes.

La paradoja balear. Los incrementos de turistas no se traducen en aumentos de renta per cápita. “Mi tesis es que tiene que ver con lo que se paga a los trabajadores”, deduce el economista Miquel Puig. La cara ‘B’ de la economía balear también incluye la mayor tasa de abandono escolar del país. O lo que es lo mismo, jóvenes condenados a sueldos bajos.

A este deterioro también han contribuido nuestra corrupción política autóctona y el pasotismo del Gobierno central. En la otra orilla nos siguen percibiendo como ricos. Y desde aquí, nadie les ha hecho ver lo contrario. La inversión pública per cápita se deterioró de 1985 a 2009 en casi veinte puntos (datos del CES). “A estas alturas, muy a mi pesar, no puedo ser optimista. Sin el esfuerzo del gobierno central, habrá que conformarse con ir perdiendo poco a poco. O hay un compromiso firme de las autoridades políticas españolas o –tristemente- ¡lasciate ogni speranza!, que dijo el poeta”, advierte Jordi Maluquer. “Sin mayores recursos, mejores infraestructuras y mayor gasto público en la promoción de nuevas actividades productivas más allá del monocultivo turístico, no hay solución”, concluye Maluquer.

En fin, qué mal rollo. Con lo bonito que es contar ricos y récords en Son Sant Joan. Si no es por el señor Langendoen y nuestra cara ‘B’, esto sería un éxito.