Un mallorquín ha atravesado el pacífico y ha visitado más de quince países navegando gratis o por muy poco dinero a cambio de limpiar y cocinar en el barco: “Es una manera de viajar genuina, pero no es para todo el mundo".

"Ve a un puerto y échale morro. Es más fácil de lo que parece”. Miguel Ángel Vicente de Vera no tiene barco, ni formación náutica, ni un presupuesto significativo, pero ha visitado más de quince países en viajes en los que ha completado miles de millas por mar. La fórmula es todavía poco conocida, incluso en Mallorca, pero eficaz. Este palmesano de 38 años conoció el barco-stop en 2009, un sistema que le ha abierto un enorme abanico de posibilidades, pero sobre el que también expresa algunas cautelas: “No es para todo el mundo”.

Su gran hito: completar los 5.500 kilómetros que separan las Galápagos de las Islas Marquesas, en la Polinesia Francesa, atravesando el océano Pacífico. “Es el viaje más largo del planeta entre dos puntos naturales”, aclara este mallorquín desde Ecuador, donde se estableció hace algunos años para enfocar su carrera al periodismo de viajes.

Miguel Ángel Vicente de Vera avista tierra después de 23 días de viaje entre Ecuador y la Polinesia.

“Quería hacer algo único, 23 días seguidos en el mar y sin escalas atravesando el Pacífico”, destaca. Eso fue en 2017. Ocho años antes Vicente de Vera todavía era un principiante que iba en bicicleta al club náutico de Palma con un cubo y una esponja para ofrecer un original trato a los patrones: viajar gratis a cambio de trabajo a bordo.

“Recibes muchas negativas, claro, pero al final normalmente encuentras a alguien a quien le interese reclutarte. El perfil de estos patrones -conocidos como ‘solo sailors’- es el de un hombre de entre 50 y 70 años, jubilados que han ahorrado para comprarse un barco y cumplir el sueño de navegar. Agradecen la compañía y la ayuda, así que no es tan extraño que acepten enrolar a un desconocido para viajes tan largos”, explica Vicente de Vera.

“Hay que hablar mucho, tratar de convencerles presentándote como alguien trabajador. No es tan difícil porque muchos de estos patrones agradecen la ayuda y la compañía. En alta mar los días pueden hacerse muy largos”, argumenta.

El viaje no siempre es completamente gratis. “Atracar en una marina suele ser muy caro y pueden pedirte una compensación económica, unos diez euros al día”, cuenta este mallorquín, que multiplicó sus opciones cuando se popularizaron plataformas como www.findacrew.net, un portal web que pone en contacto a patrones y tripulantes. Una serie de filtros ayudan a refinar la búsqueda: puertos de origen y destino, idioma, experiencia a bordo e, incluso, gustos culinarios.

El mallorquín destierra un tópico sobre los propietarios de barcos. “No es gente con mucho dinero. He conocido a patrones que se han comprado un barco muy modesto porque no pueden pagarse un piso. Les encuentras en Dakar y otros puertos africanos, son europeos que no tienen un duro y viven en el barco con lo puesto”, argumenta este periodista.

"He conocido a patrones que se han comprado un barco porque no pueden pagar un piso y viven con lo puesto"

El barco-stop tiene su letra pequeña. Ni todos los patrones son ociosos millonarios, ni todos los días en alta mar son una divertida y refrescante experiencia. Vicente de Vera lo aprendió en su primer viaje, un trayecto que le llevó a cruzar el Atlántico. “Yo quería ir a Brasil, era mi sueño, y conocí a un patrón neozelandés que también se dirigía allí. Nos encontramos en el Port d’Andratx, hubo química y me aceptó”, recuerda el periodista. “En Almería se sumaron dos belgas y un israelí. Era una torre de Babel y al llegar a Canarias los belgas se enfadaron y buscaron otro barco”, añade.

Compartir un espacio reducido con desconocidos, a veces durante semanas, suele plantear problemas de convivencia. Y el patrón siempre tiene la última palabra. “Llegamos a Dakar y el israelí también se bajó. Me moví por el ambiente portuario y conocí a expatriados de todos los países, gente que huía de la justicia, prostitutas... Si viajas de manera convencional no sueles tener acceso a ese tipo de personajes”, evoca el mallorquín.

Arresto en Brasil

En Dakar se unió otra pareja y pusieron rumbo a Brasil. “Fueron doce días de viaje. Llenamos el barco de latas, huevos, arroz y harina para hacer pan. El Atlántico es un mar duro, no es ningún juego cuando pillas una tormenta. El tiempo pasa despacio. El vaivén provoca sueño; en un barco duermes un montón, estás como en un estado de hibernación”, evoca. “Al llegar a las islas Fernando de Noronha, en territorio brasileño, el palmesano y la que entonces era su pareja separaron sus caminos del patrón neozelandés. “Nos enfadamos. En un barco se establecen unas jerarquías muy definidas y se hizo muy pesado”, explica el mallorquín, que intercala una irónica reflexión sobre la náutica recreativa. “Los días más felices de un capitán son dos: cuando compra el barco y cuando lo vende. El salitre lo estropea todo y hay que invertir mucho dinero en reparaciones carísimas. Te puede llevar a la quiebra. Yo jamás compraría un barco”, asegura.

En Fernando de Noronha pasaron “días idílicos durmiendo en la playa y comiendo el pescado que nos traía directamente un pescador local”. Pero no era un puerto autorizado de entrada en Brasil y pronto surgieron interferencias. “Nos habíamos ido del barco y no llevábamos el pasaporte encima, así que la policía nos arrestó y nos amenazó con deportarnos. Nos metieron en un hostal, donde pasamos la noche, pero por suerte al día siguiente nos dejaron marchar. Incluso nos pagaron la ecotasa por la noche de hotel”, recuerda divertido el periodista, que ha recogido sus viajes en la página www.laculturaviajera.com.

El Barco-Stop parte de una concepción romántica de viajar, en una época además en la que el turismo de masas ha desvirtuado innumerables enclaves. “Es una manera de viajar genuina. Ahora se ha perdido esa autenticidad, miras Instagram y ves las mismas fotos de los mismos sitios. Para mí es como devolver la épica a los viajes. Ahora bien, con quince días no puedes ir en barco-stop. Los barcos van muy lentos, es otro concepto en un mundo en el que todo va a velocidad de vértigo”, reflexiona Vicente de Vera.

Esta fórmula le ha permitido visitar más de quince países, incluidos Mauritania, Senegal, Trinidad y Tobago, Cuba y la Polinesia Francesa, un archipiélago formado por miles de islas que recorrió hace dos años. “He recorrido en barco el Atlántico y el Pacífico, poca gente puede decir lo mismo. En 2017 me propuse viajar desde Ecuador hasta la Polinesia francesa en línea recta. Yo ya vivía en Ecuador y me cité con un patrón alemán en Galápagos que aceptó llevarnos a mí y a mi pareja por diez euros al día y trabajo a bordo”, recuerda el palmesano.

“Fuimos con otra pareja además del ‘solo sailor’ en un catamarán moderno. Hicimos acopio de provisiones en Galápagos y embarcamos. En ese momento me entró un poco de vértigo porque habíamos calculado que el viaje iba a durar entre 20 y 35 días, y cuando te subes al barco sabes que ya no hay vuelta atrás”, afirma.

El viaje se alargó 23 días. El mallorquín lo recuerda ahora como una “paliza” que además provocó el habitual desgaste con respecto al resto de tripulantes. “Mi pareja no tenía experiencia y se agobió porque al final son muchos días sin ver nada más que agua, aparte de algunos delfines y ballenas”, relata.

"He tenido miedo algunas veces. estamos hechos a la tierra y el medio marino puede ser muy adverso"

Al final del viaje hubo premio. Aguardaban las paradisíacas Islas Marquesas, que acogen la tumba de Paul Gauguin, y un patrón noruego que se ofreció a llevar a la pareja por el archipiélago polinesio durante un mes. “Cada vez que echábamos el ancla en alguna isla teníamos por costumbre brindar con un chupito de ron. Fue una suerte porque aquello era muy caro, para dormir todo era a base de resorts de lujo”, recuerda Vicente de Vera, que advierte sobre una de las grandes paradojas de esta manera de desplazarse: “Vas en plan mochilero, precisamente haces barco-stop porque no dispones de un gran presupuesto. Pero claro, llegas a paraísos naturales, algunos solo accesibles en barco, en los que la mayoría de restaurantes y hoteles salen por un ojo de la cara”.

 

 

Una experiencia exigente

El mallorquín subraya que embarcado en una de estas aventuras también se asumen riesgos. “He tenido miedo algunas veces. Somos seres hechos a la tierra y el medio marino es muy adverso. Cuando estás en medio del mar tienes que ser consciente de que eres solo un grano de arena. Hay que respetar la naturaleza porque de lo contrario te pondrá en tu sitio”, advierte.

Este periodista continuará practicando una fórmula que le ha permitido llegar a rincones inaccesibles y conocer a personas de todo el mundo por poco dinero. Eso sí, recuerda que un barco también exige. “Hay que cocinar, limpiar y vigilar mucho porque el barco nunca se para. Hay que estar siempre pendiente de comprobar que no pierdes el ritmo de la marcha, que el motor no se caliente excesivamente o no impactes con un trozo de madera o incluso una patera que el radar no ha detectado porque puedes naufragar”, indica.